Hacia una economía de la vida.

En los años 70 surgen los paradigmas de redistribución y reconocimiento en el ámbito de las desigualdades sociales. El primero supone la lucha por la igualdad social en términos de redistribución de recursos económicos; mientras que el segundo supone el reconocimiento social producido en términos culturales. Ambos, se suponen luchas contradictorias y mutuamente excluyentes, puesto que el primero refiere a la abolición de las diferencias sociales y el segundo al reconocimiento de esas diferencias como forma de afirmación de una identidad.

Sin embargo, en los años 90, la teórica social Nancy Fraser elabora una teoría de la injusticia basada en los paradigmas de redistribución y reconocimiento, a fin de proponer que ambos no son excluyentes sino que se solapan entre sí. Para ello, Fraser establece que las injusticias sociales se sitúan en un continuo, en el que ambos polos extremos se corresponden con las injusticias económicas y las culturales, respectivamente.

El extremo de las injusticias económicas vendría representado por las diferencias de clases, “la clase obrera”, cuyo remedio sería una redistribución de los recursos económicos que supriman las diferencias de clases. Se basaría por tanto en una política de redistribución.

El otro extremo, el de las injusticias culturales, quedaría representado por lo que Fraser define como “sexualidades despreciadas”, ejemplificada con los colectivos de gays, lesbianas y transexuales, cuya solución pasa por el reconocimiento de una identidad propia reconociendo las diferencias. Se basaría aquí en una política de reconocimiento.

cartel_feminista_sueldosNo obstante, existen comunidades que requieren de ambas estrategias, reconocimiento y redistribución. Son las llamadas “comunidades bivalentes”, ye ntre ellas está el género, junto con la raza. Las mujeres, por una lado sufrimos las desigualdades económicas propias del establecimiento de un mercado que establece diferencias en base a hombres y mujeres; y por otro, la sustentación del sistema capitalista en la división del mercado y el trabajo doméstico, asignándole éste a las mujeres como propio de su género. Asímismo, las mujeres también sufrimos discriminación entorno a los valores culturales que se le asignan a nuestro género, como lo es por ejemplo en este aspecto la violencia basada en la superioridad del hombre frente a la mujer.

Sin embargo, basándonos en la diferenciación entre políticas de reconocimiento y de redistribución, ¿cómo podemos las mujeres reivindicar al mismo tiempo la abolición y el reconocimiento de las diferencias? ¿ cómo debemos renunciar y reafirmar nuestra identidad de forma simultánea?. Es por ello que Fraser establece que en estas comunidades debería darse lo que ella denomina “paridad participativa”, pero supone ambas injusticias son independientes, y antepone que la redistribución es la que permitirá un reconocimiento posterior.

Ante esta teoría las críticas provienen de Judith Butler, la cual afirma que las injusticias culturales y económicas no son independientes y en el caso del género se solapan entre sí, sino que son interdependientes y se conectan entre sí.
Además, Butler critica la distinción entre género y sexualidad que establece Fraser, puesto que para la primera, la sexualidad también formaría una comunidad bivalente, y no sólo afectada por injusticias de tipo cultural.

Butler propone que el género se basa en la regulación sexual y la heterosexualidad como norma de ello. Por tanto, el sistema económico se basa en último término en la diferenciación entre homosexuales y heterosexuales, provocando desigualdades de tipo económico entre ambos. Así, al establecer las sexualidades despreciadas como afectadas solamente por injusticias de tipo cultural, se establece que dentro de éstas el género no actúa como elemento diferenciador. En respuesta a ello  Butler, haciendo alusión a la teoría de Luce Irigaray sobre la identidad de la mujer en contraposición a la del hombre, hace ver cómo la homosexualidad femenina queda subordinada a la masculina, estableciendo diferencias de género que por tanto, según la propia teoría de Fraser, supone que se dan en ella injusticias tanto culturales como económicas.

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Aunque parezca lejano, este debate se expone en el II Congreso de Economía Feminista del año 2006, celebrado en Zaragoza, dejando claro por tanto la relación existente entre el sistema económico actual y los conceptos de género y sexualidad que en él se dan y qu él mismo  sostiene. Hoy día, el debate sigue abierto y es crucial para entender cuál es la base de las desigualdades entre hombres y mujeres y hacia dónde deben encaminarse las estrategias que las resuelvan.

Ver Ponencia…

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  1. La cuestión es que la diferencia está en todos los ámbitos de la vida, es un hecho que vivimos, todavía el acceso en igualdad de oportunidades, de reconocimiento… no parece haber alcanzado todavia su estado lógico.

  2. Creo que establecer un debate entre género y sexualidad, no hace nada más que favorecer a los hombres. Me parece ilógico discutir sobre las tendencias sexuales de una persona en un contexto económico, porque la economía trata de producción de bienes y servicios y consumidores.

    Como mano de obra, habrá que medir la capacidad para la realización de un trabajo, y la tendencia sexual no influye para nada en dicha capacitación. En cuanto a los bienes y servicios que se ofertan, pues mejor tener en cuenta las tendencias sexuales diferentes porque permite que concurran al mercado productos diferenciados.

    Pero como personas si debemos cuestionarnos, que a pesar de la capacitación profesional, los empresarios siguen teniendo en sus manos todas las herramientas para discriminar, por género femenino y por tendencia sexual ya sea por gay, lesbiana o transexual, todo lo que no se corresponde con el ideal masculino pasa a formar parte del concepto de Fraser que yo ampliaría y denominaria “sexualidades despreciadas y género femenino despreciado”

    • Estoy de acuerdo contigo en que la capacitación profesional de las personas es individual y no corresponde a factores de género ni sexuales. Pero de ahí a que no es necesario un debate de este tipo y que la economía no tiene nada que ver con ello… La economía no es una cuestión de bienes y servicios, es una cuestión de personas, y es a éstas a las que debemos poner en el centro de la misma. Y con ellas sus realidades sociales, que varían atendiendo a muchos factores, entre ellos el género y las tendencias sexuales. Que no debería ser así, estoy de acuerdo, pero lo es, y por tanto sí son necesarios debates como éste a fin de hacer visible la discriminación, buscando causas y consecuencias, para poder así desarrollar las herramientas y el conocimiento adecuados para contrarrestarla.
      Delimitar la economía a lo puramente económico es algo bastante peligroso, para nosotras como mujeres y para muchos otros colectivos sociales, pues deja atrás y oculta las discriminaciones en base a otros aspectos que quedan fuera del marco económico propiamente dicho, como son el género y también las tendencias sexuales, las cuales, como he descrito en el post se posan sobre la base de la discriminación por género sustentándo a su vez a la misma.


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