El color púrpura: Salario femenino.

8-marzo-1908

El color púrpura, símbolo de la lucha feminista, de la lucha de las mujeres. Ese color púrpura que nos lleva a marzo de 1908, cuando las trabajadoras de aquella fábrica textil reivindicaron su derecho a unas condiciones laborales dignas, y cuando perdieron la vida por ello. ¿Qué pedían exactamente aquellas mujeres? Pues un salario digno y una hora libre para amamantar a sus hijos.

 

Marzo de 2009, cientos de mujeres se manifiestan por todo el mundo reivindicando unas condiciones laborales dignas, ¿Pidiendo qué? Pues un salario equitativo al de los hombres y la conciliación de la vida laboral y familiar. Exactamente lo mismo que pedían aquellas mujeres trabajadoras en Nueva York y que tan caro pagaron.

Aunque esto no quiere decir que no hayamos avanzado nada. La mayor presencia de las mujeres en el mercado laboral, aunque todavía inferior a la del hombre, es un hecho, que además se va acrecentando con el tiempo. Incluso las mujeres han ocupado sectores que han sido considerados tradicionalmente masculinos, aunque con ciertas “condiciones”, eso sí.

Sin embargo, nuestros principales retos siguen siendo los mismos desde tiempo atrás: salario y conciliación.

Los sueldos de las mujeres en España suponen un 21,8% menos que el de los hombres, y esto se da tanto en el sector público como en el privado. Aún es más, ésta es una situación generalizada ya que existe dicha brecha salarial a nivel mundial y asciende al 16 % de diferencia. Es decir, vayas donde vayas vas a cobrar menos por ser mujer.

Entre las posibles explicaciones a esta situación se encuentra que las mujeres se han incorporado al mercado de trabajo en los empleos de menor cualificación, y por tanto de menor rango salarial y menor estabilidad. Lo que no da cuenta esta explicación es por qué las mujeres nos incorporamos a ese tipo de puestos cuando hay más mujeres universitarias que hombres y nuestra cualificación suele ser mayor.

Otra es que las mujeres “preferimos” el empleo a tiempo parcial que a tiempo completo. Claro, la mujer prefiere una jornada flexible y parcial porque tiene que cuidar de sus hijos y hogar. Además, son muchas las que incluso a los 30 años abandonan el ámbito laboral y lo retoman una vez pasados los primeros años de crianza. Es más, si “decidiéramos” trabajar a tiempo completo el panorama no sería mucho más esperanzador, ya que es en ese tipo de jornada donde se da una mayor brecha salarial. En este sentido aportar que, hoy día, ya son muchas las  mujeres que son el sostén económico único de su familia y que son pluriempleadas en empleos de mujeres, porque claro, una jornada parcial, flexible e inestable, no les da para subsistir. Al menos tienen que ser dos.

Hablemos también del llamado “techo de cristal”, ya que es en los puestos directivos y de gestión donde se dan unos mayores salarios, y las mujeres no acceden a ellos. Incluso en los sectores más feminizados lo femenino no alcanza los puestos de poder, que siguen siendo ocupados por ellos.

Sin olvidar tampoco  la segregación ocupacional por sexos, con la consecuente infravaloración de los empleos tradicionalmente femeninos. Este aspecto pone de manifiesto la terrible socialización disgregadora a la que somos sometidas, ya que desde los períodos en los que tenemos que elegir nuestra orientación profesional en el acceso a estudios superiores seguimos eligiendo profesiones típicamente de mujeres, a sabiendas que están peor pagadas.

Y que hablar de la conciliación de la vida familiar y laboral, elemento éste estrechamente vinculado a la diferencia salarial. En esta España que posee la jornada laboral más larga de Europa, y que aún así no se traduce en una mayor productividad, la mujer tiene una presencia laboral intermitente debida a “sus maternidades”, elige jornadas parciales y flexibles debido a esas mismas, y además no puede tener una dedicación exclusiva al trabajo, porque su maternidad le exige compartirla. A todo ello, sumémosle los prejuicios existentes entorno a ellas, ya que si una mujer tiene hijos se le supone menor tiempo de dedicación al trabajo, pero si un hombre los tiene se le supone que es una persona que tiene y sabe  asumir responsabilidades.

Y  así estamos, buscando las causas en las consecuencias y viceversa, enmarañándonos en un circulo vicioso que no nos deja vislumbrar horizonte y solución alguna. Lo cagduv4lque sí sabemos es que el mercado de trabajo no está diseñado en conciencia, estructura y consecuencias a medida de las mujeres. A mi entender, hacen falta un cambio de conciencia social y otro de estructura del mercado laboral, así como de conciencia de las propias mujeres, ya que muchas ni siquiera son conscientes de estas diferencias, y de lo que ellas suponen.

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  1. Leo el post y me acuerdo de una parte del texto de Cristina Carrasco cuando comenta que una “extraterrestre” sin
    previa información viniera a observar nuestra organización y desarrollo de la vida
    cotidiana, plantearía una primera pregunta de sentido común: ¿cómo es posible que
    madres y padres tengan un mes de vacaciones al año y las criaturas pequeñas tengan
    cuatro meses? ¿quién las cuida? o ¿cómo es posible que los horarios escolares no
    coincidan con los laborales? ¿cómo se organizan las familias? Pues no nos queda más que preferir los empleos a jornada parcial!!, no nos queda otra que sacrificar nuestra vida profesional!! Estoy de acuerdo con la URGENTE necesidad de un cambio social, empezando por la toma de conciencia de todos y todas.

  2. Creo que no solo es la mujer la que elige la jornada parcial para atender sus cargas familiares, en la mayoría de los casos son los empresarios quienes ofrecen esas condiciones laborales, con el fin de ahorrar costes y debido a la escasez de empleos, son las mujeres las que se ven obligadas a aceptarlos.

    Los empresarios saben que las mujeres son eficientes y realizarán su trabajo en la jornada pactada y al precio pactado, porque creo que todas estaremos de acuerdo en que son pocas las funcionarias que reducen su jornada laboral, ellas si pueden conciliar, y además se permiten ser empresarias autónomas, que ofrecen un trabajo precario a otra mujer, para que las sustituya en el hogar durante de jornada laboral.


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