“EL TRABAJO DIGNIFICA”

trabajo-domestico_previewRecuerdo que cuando era pequeña mis padres, con el fin de que estudiara y me esforzara en todo lo que hacía, siempre me decían: “El trabajo dignifica”. Desde luego que estoy muy de acuerdo con esa idea, porque creo que el trabajo es algo inherente al ser humano, que potencia su dignidad y le hace sentirse mejor como persona, pero es evidente que en los tiempos que corren hay trabajos que dignifican más que otros.

Así, el trabajo doméstico y/o reproductivo no remunerado, como bien sabemos, desarrollado básicamente por las mujeres, no genera ingresos ni permite la subsistencia económica si no se hace dentro de una estructura familiar que obtenga ingresos de la esfera pública. Es un trabajo no productivo, pues sólo se definen así aquellas actividades que están orientadas a la producción de bienes o servicios para el mercado. No es contemplada, por tanto, aquella producción que no está estructurada a través de las relaciones mercantiles. Ahora bien, las tareas o labores que se realizan dentro del hogar, cuyos “beneficiarios” son los que componen la familia, ¿no inciden de manera indirecta (o directa, según se mire) en el sistema económico? Creo que bastante, pues cubren todas las necesidades íntimas, personales y domésticas de los “recursos humanos” que hacen funcionar el sistema.

El trabajo doméstico está tan subestimado que se piensa que no requiere de una cualificación especial para su realización: es un trabajo que se aprende con la práctica y sin requerir una inversión de tiempo y esfuerzo, ni un nivel cultural alto. Cuando oigo esto, no puedo dejar de pensar en las primeras veces que cocinaba y se me quemaba la mayor parte de la comida o en cuánta ropa he estropeado con la plancha. Unido a esto, hay mujeres que son verdaderas “economistas” a la hora de acoplar sus ingresos a las diferentes necesidades domésticas que hay que cubrir. Y es que este trabajo consiste en la realización y organización de multitud de tareas especializadas muy distintas entre sí. Además, resulta curioso que la excusa más generalizada que pone el hombre para no realizarlo sea el no saber hacerlo, estrategia que no sólo muestra una tendencia clara a la comodidad, sino también una incapacidad técnica adquirida. Si no es difícil y todo se reduce a ponerse a hacerlo, no se entiende la torpeza en su realización que muestran los hombres que no están habituados a hacerlo.

Además, pasa inadvertido e invisible para aquellas personas que no lo realizan, aunque se beneficien directamente de él. Es fundamentalmente un trabajo descalificado socialmente, no sólo porque sea desarrollado mayoritariamente por el colectivo femenino, sino porque además al no ser remunerado ni ejercerse en el ámbito público, propicia que la exclusión laboral de las mujeres provoque su exclusión social. Esta escasa valoración y consideración social incide directamente en la forma como la mujer percibe su propio trabajo, y así lo considera como un trabajo “desagradecido”, y es que realmente lo es.

Sólo les otorga un sentido de identidad vinculado al imaginario social tradicional sobre la división sexual del trabajo. Pero esta identidad que adquieren las mujeres que se dedican exclusivamente al trabajo doméstico posibilita un modelo de inserción social muy débil, vulnerable y dependiente, pues el capitalismo excluye directamente a las personas que no generan “beneficios” económicos.

Finalmente, y no quiero resultar excesivamente utópica, creo que deberíamos replantearnos cómo se estructuran jerárquicamente las relaciones sociales, a qué le otorgamos importancia en las personas, si a sus cualidades personales o a la posición que ocupan en el estatus social. Un estatus, que además fue creado por los varones sin tener en cuenta en ningún momento a las mujeres, que conformó una pirámide en la que la cúspide de privilegios explota a la base vulnerable. Tal vez existan otros modelos sociales. Tal vez un día se valore el trabajo de estos millones de mujeres, con las que sin su aportación el sistema no hubiese funcionado, aunque nadie se lo reconozca. Y le agradezco enormemente a mi madre, porque gracias a su dedicación y esfuerzo yo tengo el lujo de poder estar aquí hoy escribiendo estas líneas.

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  1. Concuerdo plenamente con la compañera, todavía me impresiona ver a hombres que saben manejar computadoras, bajar programas, instalarle complementos, pero no tienen idea de cómo se apaga una lavadora (cuando está dando saltos porque está muy llena) y lo cuento como una experiencia que me ocurrió hace muy pocos días.
    Claramente hay intereses personales en lo que pongo como prioridad para aprender, pero también están los intereses sociales sobre lo que me quieren enseñar… si soy mujer me enseñarán a usar la lavadora, pero no el taladro, en mí estará entonces darme cuenta de esto e intentar modificarlo, porque no hay habilidades innatas en lo referido al hogar… hay que aprender.

  2. El reconocimiento por parte de los demás del trabajo que una realiza es importante, importante para tu autoestima, para motivarte en seguir trabajando y al fin y al cabo para tu felicidad.
    Dedicarle muchas horas de tu vida a un trabajo donde nadie te dice que bien lo has hecho, donde nadie te agradece tu tiempo de esfuerzo va minando la autoestima de las mujeres. A pesar de que gracias a ese trabajo los miembros de la familia pueden desarrollar los suyos.
    Por eso es tan importante visibilizar el trabajo doméstico no remunerado y cuantificarlo.

  3. Ah! que quejicas que sois, toda la vida pisando el suelo fregado por mamá, gruñendo porque no te gustaban las lentejas, enfadándote porque tu camisa favorita no estaba lista para salir o se había estropeado al lavarla, y ahora resulta que como somos nosotras las que debemos encargarnos de esa labor, queremos renocimiento y que no se merme nuestra autoestima.

    No solo hemos pasado por alto la labor de nuestras madres y abuelas, sino que sabemos que viven en condiciones de extrema probreza con pensiones mínimas, y seguimos cargándolas con nuestros hijos, para tener nosotras un puesto de trabajo remunerado y pagarnos unas vacaciones en la playa.

    ¿Solo queremos derechos para nosotras?, o quizás debamos pensar cuanto queremos reinvindicar para nuestras madres y abuelas, mientras les quede vida, porque esas mejoras también serán las nuestras.


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