ALIMENTACIÓN, CORRESPONSABILIDAD Y MODELO ECONÓMICO ACTUAL

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Entre las actividades de hogar y familia, las mujeres dedican más tiempo a las culinarias (1 hora y 38 minutos en un día promedio) y a las relacionadas con el mantenimiento del hogar (casi una hora). En estas dos actividades los hombres emplean poco más de media hora. (Encuesta de empleo del tiempo 2002-2003, realizada por el INE)

Según la encuesta del Instituto Nacional de Estadística, las mujeres le dedicamos 1 hora y 38 minutos en un día promedio a las actividades culinarias. Tiempo que dista mucho del que dedican los hombres a esta tarea. Esta actividad propia de los cuidados y del trabajo doméstico puede servir como ejemplo interesante sobre qué ocurre con el reparto de las tareas y con la corresponsabilidad entre hombres y mujeres.

En nuestras sociedades, comemos todos los días, habitualmente entre tres y cinco veces al día. Y, siguiendo la encuesta del tiempo, las mujeres (que los datos muestran que son básicamente quienes se encargan de la actividad) le dedicamos de media casi dos horas. Esto sin incluir el tiempo que se dedica propiamente al acto de comer o a dar de comer a personas dependientes, pues estos tiempos están encuadrados en otras categorías de la encuesta.

Las formas con que nos alimentamos son variadas, elaborando la comida en nuestras casas, calentando comida que traemos de casa de la abuela, recalentando algo precocinado que hemos comprado, yendo a un restaurante, comprando un bocata… Parece que en estos países enriquecidos las oportunidades de dedicarle menos tiempo a los trabajos de la alimentación están sobre la mesa. Pero lo que también parece es que esto no ha conseguido dar pasos hacia la igualdad; aún se le dedica un par de horas al día, y la corresponsabilidad es inexistente. Me planteo si realmente las nuevas formas de satisfacer la necesidad de alimentación han ido encaminadas, o han permitido al menos, la disminución de las desigualdades entre hombres y mujeres, o más bien están conducidas por la misma lógica de la acumulación, buscando beneficios, sin preguntarse cómo sostener la vida.

He comenzado el párrafo anterior considerando que es una oportunidad el hecho de poder dedicarle menos tiempo a la alimentación, cosa que también me cuestiono. Pues también se puede ver como una de esas partes del sistema capitalista y patriarcal, que vuelca las prioridades de las necesidades y que intenta trascender de ellas, de la naturaleza y de las interdependencias en general que nos permiten vivir, que son parte intrínseca de la vida humana:

“En el binomio androcéntrico deseo/necesidad, tan recurrente en el discurso económico convencional, los <<deseos>> son el terreno de la elección, la libertad, la civilización y, en última instancia, la autonomía, entendidas como el distanciamiento progresivo de las necesidades que nos remiten a nuestras ataduras biológicas, la dependencia de lo más instintivo y animal. Quien necesita no es autosuficiente. El sistema económico, como construcción cultural, implica el control del hombre sobre la naturaleza, idea recogida, por ejemplo, en el ya comentado concepto marxista de trabajo humano. (…) Por tanto, revalorizar la noción de necesidad supone asumir la dependencia del medio natural y también de los trabajos no remunerados históricamente asociados a las mujeres.” (Pérez Orozco: 172)

La alimentación es, y seguirá siendo, una parte fundamental de las actividades diarias de todas las personas. El modelo económico y social en el que vivimos, la ha situado en un plano secundario. Por un lado, porque el pensamiento occidental intenta trascender de las ataduras de las necesidades. También porque el sistema económico se centra en el mercado y en las actividades masculinas. Y, por otro lado, porque este sistema va parejo a la idea de familia, donde las actividades que mantienen la vida humana y que están históricamente asociadas a las mujeres quedan invisibilizadas.

Desde “lo personal es político”, desde lo cotidiano, las reivindicaciones de corresponsabilidad entre hombres y mujeres pueden apoyarse por los datos que van sacando a la luz la desigualdad. Además, la desigualdad entre hombres y mujeres, va estrechamente ligada a la forma de pensar en la que se basa el modelo en el que vivimos y que después se concreta en muchas formas de prácticas injustas. Así, que, quizás, pasito a pasito, mirando ambas, y por separado, se pueden ir cambiando las cosas…

Bibliografía utilizada:

Perez Orozco, Amaia (2006), Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Consejo Económico y Social, Madrid.

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Un Comentario

  1. Absolutamente de acuerdo con ese planteamiento que lanzas acerca de que el ser humano no es autónomo, entendiéndose ésto como que es dependiente de sus necesidades biológicas, como la de alimentarse de la que tratas, pero también otras menos tangibles, como la de los cuidados afectivos y psicológicos, que por supuesto el capitalismo ni se plantea, o mejor dicho, da por hecho a un coste 0. Probablemente las mujeres también dediquen un tiempo mucho mayor a este tipo de cuidados que el que dedican los hombres.

    En un sistema en el que lo único que importa es la maximización del beneficio, desde todos los engranajes que conforman dicho sistema se va hacer lo indecible por seguir perpetuando los roles existentes, en el que todas las necesidades biológicas que el ser humano tiene quedan cubiertas sutil y gratuitamente, además habiendo incorporado “recursos humanos” femeninos al sistema económico, que no dejan tampoco sin cubrir lo que el capitalismo da por hecho.

    Desde mi punto de vista las nuevas formas de satisfacer la necesidad de alimentación de las que hablas en ningún momento se han planteado romper desigualdades; es más, cada vez observamos que hay más franquicias de cadenas alimenticias a nivel mundial. Es puro negocio.


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