LA INVISIBILIDAD DE LA ESFERA DOMÉSTICA

 

Históricamente los sistemas socioeconómicos han dependido de la esfera doméstica:han mantenido una determinada estructura familiar que les ha permitido asegurar la necesaria oferta de fuerza de trabajo a través del trabajo de las mujeres. En particular, en aquellos grupos de población de bajos recursos económicos la dependencia del sistema económico ha significado una verdadera explotación de la unidad doméstica (Meillassoux 1975). En todo caso, en cualquier sociedad, sin la aportación del trabajo de las mujeres la subsistencia del grupo familiar no hubiera estado nunca asegurada (Chayanov 1925, Kriedte et al. 1977). Sin embargo, los sistemas económicos se nos han presentado tradicionalmente como autónomos, ocultando así la actividad doméstica, base esencial de la producción de la vida y de las fuerzas de trabajo.

En particular, los sistemas capitalistas son un caso paradigmático de esta forma de funcionamiento. En relación a la invisibilidad de la actividad desarrollada en el hogar, Antonella Picchio (1994, 1999a), ha puesto de manifiesto que en estos sistemas lo que permanece oculto no es tanto el trabajo doméstico en sí mismo sino la relación que mantiene con la producción capitalista. Esta actividad -al cuidar la vida humana- se constituye en el nexo entre el ámbito doméstico y la producción de mercado. De aquí que sea importante que este nexo permanezca oculto porque facilita el desplazamiento de costes desde la producción capitalista hacia la esfera doméstica. Estos costes tienen que ver en primer lugar con la reproducción de la fuerza de trabajo. Ya en el “Debate sobre el Trabajo Doméstico” en los años setenta se denunció la explotación del hogar por parte de la producción capitalista, en el sentido de que los salarios tradicionalmente han sido insuficientes para la reproducción de la fuerza de trabajo y, por tanto, el trabajo realizado en el hogar sería una condición de existencia del sistema económico.

También se han puesto de manifiesto otros aspectos -económicos y relacionales  del trabajo familiar doméstico absolutamente necesarios para que el mercado y la producción capitalista puedan funcionar: el cuidado de la vida en su vertiente más subjetiva de afectos y relaciones, el papel de seguridad social del hogar (socialización, cuidados sanitarios), la gestión y relación con las instituciones, etc. Actividades todas ellas destinadas a criar y mantener personas saludables, con estabilidad emocional, seguridad afectiva, capacidad de relación y comunicación, etc., características humanas sin las cuales sería imposible no sólo el funcionamiento de la esfera mercantil capitalista, sino ni siquiera la adquisición del llamado “capital humano”.

En definitiva, la producción capitalista se ha desligado del cuidado de la vida humana, apareciendo como un proceso paralelo y autosuficiente. Pero no sólo eso. Además de mantener invisible el nexo con las actividades de cuidados, utiliza a las personas como un medio para sus fines: la obtención de beneficio. De ahí que en términos empresariales y desde la economía oficial sea habitual hablar de “recursos humanos” o“factores de producción” para referirse a las “personas trabajadoras”.

Finalmente, en el análisis del funcionamiento del sistema capitalista no hay que olvidar el papel del estado. A nuestro objeto interesa recordar que el estado regula el funcionamiento del mercado de trabajo y desarrolla programas de protección social supuestamente para cubrir necesidades no satisfechas a través del mercado. De este modo, participa directamente en la determinación de la situación social que ocupan las personas y en la estructuración de las desigualdades sociales incluidas las de sexo. De aquí que la supuesta neutralidad del estado en relación a la configuración de los distintos grupos sociales, es sólo un espejismo.

 

 

Artículo:

 

LA SOSTENIBILIDAD DE LA VIDA HUMANA: ¿UN ASUNTO DE MUJERES?  

 

Cristina Carrasco

 

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