MUJERES DE LA ABUNDANCIA.

En el 2007 mi querida amiga y colega Juana Valentina Nieto Moreno, escribió su tesis para optar por el grado de Máster en Estudios amazónicos, bajo el mismo nombre que encabeza este escrito.

 Ella, como el grupo de nuestras amigas antropólogas con quienes compartíamos la “angustia existencial” por entender un poco más sobre la experiencia de ser mujeres, el género y otras formas de desigualdad, quiso documentar la experiencia de mujeres en otra sociedad, sociedades, que desde nuestra formación académica, se habían catalogado como no occidentales.

Así, optando por un período de prácticas en la Universidad Nacional de Colombia, sede Leticia, viajó en el 2005 a la Amazonía colombiana y comenzó su trabajo de campo.

 No puedo detenerme a ubicar con todas las exactitudes geográficas e históricas el grupo de mujeres con quienes trabajó, ello excedería mi propósito. Rápidamente, puedo señalar que lo hizo con un grupo de mujeres y cuatros familias extensas que compartían algún grado de consaguineidad y por lo tanto emparentadas entre sí, quienes en ese entonces vivían en un lugar llamado Kilómetro 11, cerca a Leticia y que hacen parte de la comunidad indígena uitoto. En el cuadro de parentesco que aparece en el documento, se registran alrededor de 65 personas.

Poco a poco, a través de sus correos electrónicos y los encuentros virtuales que manteníamos Valen empezó a exponer sus ideas y el conocimiento que iba interiorizando frente a la gran pregunta. Una de sus primeras afirmaciones fue: “estoy cansada de trabajar, creo que nunca antes había trabajado tanto”. Claro ella se dedicó a acompañar la labor de la mujeres por  excelencia en la comunidad: su trabajo de campo se centró en las labores de la chagra, espacio donde las mujeres cultivan los productos que hacen parte de la dieta básica de ellas y sus familias.

De las primeras precisiones conceptuales que debo hacer, es que la manutención de la chagra es un trabajo casi en su totalidad femenino, son ellas quienes limpian y montan en la zona la siembra y quienes ademas se encargan de recoger, esto con la ayuda de la descendencia y algunos hombres. En este lugar, se siembran algunas plantas aromáticas, tubérculos, como la yuca o mandioca y árboles frutales. La tierra para la chagra, puede ser heredada vía materno o paterno filial, por las alianzas o por medio de préstamos de parientes amigas o uno que otro hombre soltero sin descendencia que tiene terrenos, pero no quien las trabaje.

Muchas de las tierras para las chagras quedan en lugares distante de las casas o malocas. Valentina relata que hay terrenos de 1 a 2 horas de camino que por quedar tan lejos no se han convertido en chagras. Esta precisón es importante ya que el ser dueña de un terreno no necesariamente hace que la mujer tenga una chagra y que una mujer que tenga chagra sea la dueña de un territorio.

En este punto me detengo, pues es este uno de los fenómenos que dinamiza las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres utitotos. En ese sentido, aunque como ya señalé, no todas las mujeres sean las dueñas de las tierras, son las dueñas del poder que les da el conocimiento y el trabajo en una o más chagras. Ya que es por este que se garantiza la alimentación básica para sus descendientes, cónyugues e incluso las madres y los padres de ellas.

¿…. y el género y la economía ?

En Colombia, como en la mayoría de lugares donde se hicieron trabajos de corte etnográfico, tal cual lo señalara Henrieta Moore, la producción documental, hecha por hombres en su mayoría, ignoró el papel de las mujeres. Una de las explicaciones para que así fuera tuvo que ver con que esas sociedades no occidentales estaban organizadas por grupos de parentesco y/o clanes, casi siempre liderados o encabezados por hombres. Por ello, no resulta extraño, las mujeres aparecían invisibilizadas, “relegadas” a los ámbitos domésticos y del cuidado.

Sin embargo, lo que entendimos con la tesis de Valen, es que más allá de los grupos de parentesco y clánicos que serían los que vendrían a organizar la vida social en esta comunidad, los grupos que son más funcionales son los de esas mujeres, y aunque se vieran como más informales también organizan la vida social, económica y productiva, del grupo.

 Si bien, todas las mujeres de la comunidad son parientes en algún grado, generalmente se organizan entre las que más cercanas no sólo para el trabajo en la chagra, sino también para otro tipo e trabajos que generan ingresos económicos. Aquí, aparecen actividades que son también lideradas por las mujeres, que aprovechan otro tipo de capacidades y de su gusto por otros quehaceres que van desde la fabricación de artesanías, tejidos y algunas vinculadas al trabajo asalariado, como ayudantes en las escuelas y trabajadoras del servicio doméstico en ciudades como Bogotá y Medellín, por citar algunas.

Las actividades que se realizan en la zona, la artesanía y el tejido, también son una práctica que convoca a un grupo de mujeres y es un espacio que se constituye como de intercambio de saberes generacionales y una socialización para las mas pequeñas que van aprendiendo sobre sus posibles labores futuras. Hay una división del trabajo entre ellas mismas ya que las competencias de cada una son diferentes, el asunto central es que todas salen ganando.

Quiero señalar que mi idea no es hacer una apología de las mujeres del once, pues como en todo grupo humano hay tensiones y rivalidades. Lo que me interesa es mostrar, cómo esta idea de ser mujer se narra a través de la fuerza, del aguante, del trabajo en sí que genera abundancia como constitutivo de su ser, así crecen, así viven, así crían a sus hijas. El hecho de que no falten los alimentos no sólo para su casa sino para sus parientes, que se pueda compartir en otros eventos de la comunidad como las mingas, es la verdadera prueba de autoridad. Para ellas la distribución es la que genera la autoridad, de ahí que las uitoto se las ingenian para obtener ingresos de todas sus actividades.

Tal como lo afirma el marido de una de las mujeres que entrevistó Valentina y que registró en su diario de campo:

Estamos conversando Walter, Kasia y yo, cuando llega a la puerta una señora a vender miel. Mientras Kasia se va a atender a la señora Walter me dice en voz baja:-Ella [Kasia] es mi banca, a mí de vez en cuando que me sale trabajo, pero ella con sus mochilas…A ella es que me toca pedirle prestado plata”.

Con esta reflexion me gustaría haber mostrado, una de las miles de experiencias de la experiencia de ser mujeres, en cierto contexto geográfico, en cierto momento histórico, no por ello quiero idealizar ni generalizar dentro de ellas mismas este hecho. Sólo señalar que no se puede establecer un único modelo posible e ideal de serlo, ni para ellas, ni para nosotras. De ahí la importancia de abordar esta diversidad, estudiarla, comprenderla, compartirla, visibilizarla con la plena convicción, de que otros mundos son posibles…

 Monica sembrando fuego

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Un Comentario

  1. Me ha parecido muy acertado y agradezco a la compañera que comparta con nosotras la información de las investigaciones de su colega, muchas veces estas investigaciones no tiene la difusión necesaria.
    A mi parecer, son muy necesarias, ya no sólo por la difusión del conocimento, sino por que, a veces, no somo capaces de ver más alla de nuestra realidad. Pensamos en economía y la imagen que aparece en nuestras mentes es la economía occidental, cuando hay multitud de maneras de desarrollar economía, al igual que de desarrollar cualquier otra actividad, y no siempre la nuestra es la acertada. La hegemonía occidental ha intentado expandirse pro el resto del mundo, nuestras visiones de la realidad son las vendidas como acertadas, cuando podemos y debemos aprender mucho de otras realidades, que a nuestro parecer pueden ser simples, pero no lo son. Y no creo que nos vendría mal una reflexión y enriquecimeinto de otros estilos de vida, porque el nuestro no es perfecto ni se acerca a ello.


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