Desigualdades de género en los mercados de trabajos

Buscando información sobre la desigualdad de género en el mercado laboral, me topé con un artículo muy interesante, escrito por Paqui Rivero, que intentaré describir a continuación. http://www.stes.es/comunicacion/clarion/clarion10/EC10_222324.pdf

La autora hacía énfasis en la necesidad de analizar lo que socialmente entendemos como trabajo. Además, insistía en la necesidad de comprender, en primer lugar, que el trabajo no sólo significa realizar una actividad remunerada que nos permita cubrir los costos necesarios para la supervivencia, sino que lo es aquello que usualmente damos por sentado, como natural y exclusivo de las mujeres: el cuido y el trabajo doméstico.

¿Cuál es el costo de este trabajo? ¿Qué pasaría con el orden social de la vida humana sin el trabajo que las mujeres realizan en el espacio privado? ¿Qué impacto tendría su ausencia o su contabilización en la economía de un país, de un hogar? Todas estas son preguntas que suscitan a la visibilización de una realidad unívoca: las mujeres son sujetos sociales que, aún sin reconocimiento formal, aportan a las economías de los países en los que viven.

Ciertamente, el mercado laboral ha incrementado a pasos gigantescos y las mujeres hemos entrado en él en condiciones cada vez más igualitarias en relación a nuestros homólogos masculinos. Sin embargo, la desigualdad en el reparto de empleos es muy notoria y generalmente cambia cuando aparecen los hijos e hijas.

La tasa de empleos de medio tiempo para las mujeres es más alta cuando debemos cuidar a algún miembro de la familia o hacernos cargo de las tareas del hogar. Así mismo, las mujeres que accedemos al trabajo asalariado sufrimos de una segregación ocupacional que tiene un doble carácter; la concentración en determinadas ramas profesionales (las áreas sociales fundamentalmente) y la concentración en los puestos más bajos de las empresas, por tanto, menos remunerados.

De tal manera que, aun cuando hoy en día las mujeres estudiamos en promedio más años que los hombres,  los diversos sectores laborales continúan contratando a más hombres que a mujeres en los puestos más remunerados, que evidentemente no son los trabajos sociales, sino aquellos vinculados con la empresa privada. Esto es debido principalmente a los gastos por maternidad a los que los empleadores están sujetos cuando las mujeres deciden tener un hijo/a; hijos/as que en última instancia serán la mano de obra que estas mismas empresas requerirán.

Esto también se ve reflejado en los salarios. La mujer suele percibir, en promedio, 30% menos que el hombre.  Esto sin mencionar la precariedad laboral en la que muchas son contratadas. Ciertamente el empleo precario no es una condición laboral que afecta exclusivamente a las mujeres, pero es innegable que son ellas las que bajo esta forma de empleo, se ven más expuestas al acoso sexual, siendo una problemática poco denunciada debido al miedo de perder el trabajo o ser sujeta a represalias.

Conscientes de que estas son problemáticas que expresan determinadas creencias y estereotipos de género, vinculadas con el papel histórico y social asignado a la mujer en la esfera privada y pública, toda la problemática descrita se centra en la función reproductiva de la mujer y en su rol maternal o en la maternidad propiamente dicha.

El que estas funciones de la vida social sean asignadas única y exclusivamente a las mujeres es parte fundamental del problema. Mientras las hijas e hijos, el cuido de los demás y el trabajo en el hogar no sean compartidos y los estados continúen haciéndose de la vista gorda al no crear los mecanismos y la infraestructura necesaria para el cuidado de las personas y la crianza de los hijos (guarderías, por ejemplo), las mujeres seguiremos ante la dificultad de separar la vida maternal de la vida laboral y de la vida personal de las mujeres. Problemas a los que, por esa misma construcción social, los hombres no se ven expuestos.

Así, la visibilización del aporte que las mujeres hacemos desde el trabajo doméstico no remunerado es necesario, pero lo es también el cuestionar la función reproductiva y la maternidad como exclusivos de las mujeres. Todo lo descrito genera violencia y en ello destacamos la violencia económica, entendida como la imposibilidad o dificultad de no acceder a los recursos económicos más elementales en igualdad de condiciones, sin discriminación ni exclusión.

 

 

 

 

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