¿Son reales las desigualdades de género en el mercado laboral?

 

La nueva conceptualización del trabajo introducida en los años 80, diferenciando trabajo reproductivo y trabajo productivo no ha tenido una correlación en la sociedad a nivel de derechos laborales y protección social, ya que el trabajo reproductivo sigue siendo feminizado y no remunerado y el trabajo productivo es equivalente al empleo remunerado y reconocido socialmente. Esto hace que se valoren de manera desigual los trabajos realizados por hombres y mujeres y que se produzca una desigualdad en el empleo a nivel laboral (contratos parciales) y salarial (brecha salarial: diferente remuneración por igual trabajo realizado).

La situación laboral de las mujeres en el actual contexto de crisis no varía en demasía de las últimas décadas, ya que en época de bonanza no se tradujo en una reducción de las desigualdades por razón de género. La actual crisis ha hecho más mella en las desigualdades de género con la reducción de los servicios públicos y de  protección social, por lo que han aumentado las desigualdades en el empleo, los derechos y el empobrecimiento de las mujeres.

La clave se halla en la consideración de las variables no económicas; la posición de inferioridad de las mujeres en el mercado laboral está causada por la estructura patriarcal de la sociedad y la posición subordinada de la mujer en aquélla y en la familia; en todas las sociedades, las responsabilidades familiares se atribuyen de modo casi exclusivo a las mujeres, mientras que el sostenimiento económico parece corresponder, básicamente, al hombre.

Los planteamientos feministas o de género resultan ciertamente útiles para explicar el fenómeno de la segregación ocupacional por razón de sexo, en la medida que evidencian la directa correspondencia existente entre los estereotipos femeninos más frecuentes, las supuestas habilidades que las mujeres poseen de acuerdo con tales estereotipos y las características esenciales de los trabajos considerados típicamente “femeninos”. Sin embargo no sólo los estereotipos femeninos poseen una virtualidad segregadora, sino que los masculinos también van a ser claves para determinar cuáles son las ocupaciones típicamente “masculinas”. En definitiva, para acabar con la segregaciónocupacional por razón de sexo es básico eliminar o cambiar tanto los estereotipos femeninos como los masculinos, al objeto tanto de integrar a los varones en los trabajos tradicionalmente “femeninos” como a las mujeres en los empleos comúnmente considerados “masculinos”.

Sin embargo, la segregación ocupacional de la mujer y los empleos habitualmente “femeninos” no sólo responden al estereotipo sexual femenino relativo a las “presuntas” habilidades o aptitudes femeninas, sino también a prejuicios –asimismo sexuales- basados en las “hipotéticas” preferencias de las mujeres en lo que se refiere al empleo (básicamente en su al parecer “innata”- inclinación por los trabajos “flexibles”). La responsabilidad, casi exclusiva, de las mujeres frente al trabajo doméstico y el cuidado de los hijos afecta, lógicamente, a los tipos de trabajos por ellas preferidos, reflejándose en un claro desplazamiento de las trabajadoras hacia la flexibilidad laboral en materia de tiempo de trabajo (horario /jornada flexible y trabajo a tiempo parcial), y por aquellos empleos en que haya facilidad de reingreso tras el abandono temporal. Dos posibles razones de por qué los trabajos “femeninos” tienden a ser “flexibles” serían: de un lado, porque lo son per se y por eso las mujeres los prefieren; de otro, porque tales trabajos se “feminizan” a causa de los estereotipos sexuales a los que he hecho referencia con anterioridad –con condiciones de trabajo flexibles que surgen como consecuencia del fenómeno de “feminización” de tales actividades-. Si bien es cierto que las responsabilidades familiares incrementan el interés de las mujeres por los empleos flexibles, el “etiquetado” de ciertas actividades como más adecuadas para las mujeres puede afectar a la oferta de empleo a ellas dirigida y, en consecuencia, a los trabajos a ellas accesibles. La realidad demuestra una gran relación entre lo estereotipado de un trabajo y los estereotipos femeninos a que aludí anteriormente; ello apoya la conclusión de que la flexibilidad y los salarios bajos asociados a muchos empleos típicamente “femeninos” son consecuencia, en gran medida, del hecho de que sean, precisamente, trabajos “femeninos”.

En la medida que existen fuertes y extendidos estereotipos sexuales que afectan, no sólo a las “presuntas” aptitudes y preferencias de los trabajadores y trabajadoras, sino a la misma conformación de los empleos y de sus “presuntas” características, la mayoría de hombres (y, sobre todo, las mujeres) son confinados en empleos “etiquetados” como “masculinos” o “femeninos”, respectivamente.

Las explicaciones a tal fenómeno son diversas, y parten de puntos de vista diferentes; en primer lugar, la diferenciade capital humano entre mujeres y hombres (las mujeres están menos cualificadas que los hombres para realizar ciertos trabajos, tanto por su menor educación como por su inferior experiencia profesional); en segundo lugar, la segmentación del mercado laboral que reduce los salarios en los empleos típicamente “femeninos” a causa de la saturación de mano de obra femenina en ellos; en tercer lugar, y desde una perspectiva feminista o de género, se pone de manifiesto la gran similitud entre las aptitudes y preferencias de hombres y mujeres individualmente considerados, localizando las razones subyacentes para la segregación tanto dentro como fuera del mercado de trabajo. Desde la perspectiva feminista se explica por qué en todo el mundo los principales empleos ocupados por mujeres no hacen más que alimentar los típicos estereotipos femeninos (habilidad para el trabajo asistencial, destreza en las tareas manuales, falta de fuerza física, actitud más sumisa, preferencia por empleos asimilados al trabajo doméstico, etc.) aplicados a las trabajadoras.

A través de esta perspectiva se explica, asimismo, por qué el trabajo a tiempo parcial y los horarios flexibles se asocian a muchos trabajos “femeninos” más como efecto de la consideración como “femeninos” de tales trabajos que como consecuencia de una necesidad real de flexibilidad en los mismos. Igualmente, se explica la razón de que, a pesar de las elevadas tasas de desempleo, en los países industrializados relativamente pocos hombres están dispuestos a acceder a profesiones tradicionalmente etiquetadas como “femeninas”. Las exigencias de la economía global y la creciente competitividad en todo el mundo son factores que fuerzan a las distintas economías nacionales a hacer un uso eficiente de sus recursos. La segregación sexual en el empleo es un fenómeno con gravísimas implicaciones sociales, culturales y humanas, pero tampoco debe obviarse su reflejo en la economía general, por cuanto ocasiona graves distorsiones en el mercado laboral, y un derroche de recursos humanos  que no hacen sino incrementar la ineficiencia del sistema hasta cotas insostenibles. Los estereotipos masculinos y femeninos, generalizados, poseen importantes implicaciones en lo que al desarrollo y competitividad de las economías se refiere y, por tanto, en lo que afecta a su eficiencia.

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