II CONGRESO DE ECONOMÍA FEMINISTA “HACIA UNA ECONOMÍA DE LA VIDA”.

 

 Os dejo un breve resumen comentado sobre unas de las lecturas de nuestro temario.

Ni que decir tiene que la teoría feminista se enfrenta a importantes retos en las sociedades contemporáneas. Por un lado, las preocupaciones centrales de la justicia social, como son la equidad y la redistribución económica, siguen siendo relevantes para el discurso feminista que, en las últimas décadas, se ha dejado seducir por el “giro cultural” y la política de la identidad. Junto a ello, en las sociedades capitalistas avanzadas y en el mundo globalizado, conviene reflexionar sobre el género, no sólo como una categoría que depende de las relaciones de producción, de la estructura económica y de la división del trabajo, sino también de un marco cívico-político en el que interactúan una pluralidad de identidades y movimientos civiles basados en la raza, la pertenencia étnica, cultural y la orientación sexual.

Nancy Fraser es, en este sentido, una referencia indiscutible. La autora manifiesta que el difícil objetivo de superar el reduccionismo económico y cultural con inteligencia y brillantez. Sin embargo, queda pendiente definir mejor el carácter bidimensional de la justicia y del género. La autora no aclara si el género se inclina más hacia el lado de la balanza de la estructura económica o del orden de estatus. Al fin y al cabo, si el estatus y la estructura económica están separadas en las sociedades industrializadas y capitalistas avanzadas, esta categoría socio-política no puede explicarse como una diferenciación bidimensional sin perder coherencia. Como resultado, Fraser evita el reduccionismo económico y el cultural a costa de renunciar a una explicación independiente y coherente del género.

Por otra parte Butler, para la que la regulación heterosexual de la sexualidad es central para el funcionamiento de la economía política. Y como Lauretis ha demonizado “paradoja de indiferencia sexual”.

Fraser, por su parte, elabora una teoría de la justicia entendida en término de redistribución y reconocimiento, donde su objetivo es conjugar reconocimiento e igualdad social. Con su teoría de la justicia nos lleva a la tentativa de redefinir el paradigma de emancipación que ella denomina “la era postsocialista”.

Junto a ello, es discutible hasta qué punto los aspectos económicos y culturales se diferencian en las sociedades capitalistas avanzadas. Para mi pensar creo que la autora insiste en que la clase social y el estatus son dimensiones irreductibles y diferenciadas de la justicia en la economía capitalista, pero su objetivo es, al fin y al cabo, comprender cómo interactúan ambas en las desigualdades raciales, étnicas, culturales, económicas y sexuales.

Por su parte, las diferencias de género son trasversales y comunes a otras diferencias. La dimensión transversal de la diferenciación de género justifica, de hecho, que las mujeres se organicen como grupo en defensa de sus intereses comunes, a pesar de sus diferencias raciales, nacionales, religiosas, étnicas y sexuales. No cabe duda de que el feminismo debe ser sensible a la diversidad que caracteriza a las mujeres, pero las ciudadanas tienen circunstancias comunes que las definen como un grupo con intereses compartidos.

Así es como Luce Irigaray realiza una distinción entre homosexualidad para referirse a la sexualidad lesbiana y hommosexualidad como signo de la indiferencia sexual de la heterosexualidad institucionalizada. Para esta autora la diferencia entre hombres y mujeres esta en el sexo.

El género podría, pues, ser descrito como categoría transversal y autónoma en el esquema conceptual de Fraser. Las diferencias de género producen, como sabemos, efectos en la estructura económica y también cultural, pero no dependen de ninguna de ellas. Así, podría ser descrito como una dimensión de la justicia transversal y autónoma, junto a la clase y el estatus. La dialéctica sexual es anterior a la división moderna del trabajo y a la economía capitalista, pero se adapta a esta última mediante la división sexual entre lo público y lo privado a la que da lugar el contrato sexual.

Con estas reflexiones finales no pretendo zanjar un debate complejo, sino poner de relieves algunos de las controversias que tienen lugar cuando nos aproximamos a la categoría del género en las sociedades contemporáneas. Evitar incurrir en el reduccionismo economicista y en el discurso esencialista de las identidades de grupo, es un logro indiscutible.

 

 

 

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