“Mi bicicleta” (Relato corto)

Yo tengo una bicicleta. Muy bonita, por cierto. La escogí a mi gusto de entre muchas otras que pude ver en el expositor. Es una bicicleta de paseo, de color verde agua, de llamativas rueda de color vainilla y una cesta de mimbre delante del manillar para colocar mis cosas. Tiene cierto aire “retro”: hasta tiene aquellas antiguas redecillas que cubrían la rueda trasera para impedir que en sus radios quedaran atrapadas las faldas. Es una bicicleta para gozar del sol, el aire en la cara, la sensación de movimiento. No me gustan las prisas. Si no pudiera disfrutar de ella con tranquilidad no me la hubiera comprado, no hubiera ahorrado para ello, y habría empleado mi dinero en otras cosas. No entiendo por qué mi novio se ha comprado una bicicleta de competición. No es ya que no sea un atleta, que no lo es, es que casi no sabe manejarla con tanto cambio de velocidades y teniendo que adoptar esa posición tan incómoda y que tan mal le sienta. Sí, el pobre padece secretamente (eso cree él) de hemorroides, y cuando está “atacadito” la cara le delata por más que trata de “aguantar como un hombre”. Los sábados quedamos por la mañana temprano para montar, pero apenas salimos del portal de mi casa sale disparado como una centella y le pierdo de vista. Cuando una hora después nos reencontramos en los pinares, cerca de la playa, me lo encuentro aún sofocado, congestionado, sudoroso y con el corazón palpitante a pesar de llevar ya veinte minutos esperándome. Me cuenta su proeza —ha mejorado su mejor registro de tiempo en casi un minuto, ha adelantado a treinta y siete ciclistas, cediendo su posición apenas a un par de ellos de los que dice sospechar eran profesionales, y asegura con satisfacción que sus pulsaciones no han subido de ciento ochenta. ¿Sabrá lo que dice el muy inconsciente?—. Pero yo, que hago como que le escucho, no dejó de pensar en el maravilloso ratito que acabo de vivir contemplando las marismas, los flamencos y ese inmenso cielo azul de los que él parece no tener noticia. No tengo conciencia de haberme cruzado con ciclista alguno, y sí de haber respirado ese aroma tan especial del aire fresco de la mañana en las salinas que inunda los pulmones y llena el alma. Decididamente mi novio y yo no somos iguales.

Mi novio ha estudiado economía, y casi no me habla de otra cosa. Comprendo que sienta gusto por ello, incluso pasión, pero lo que no entiendo es que eso constituya el centro de rotación de sus planes de vida. No sólo no lo entiendo, sino que me preocupa, empieza a preocuparme seriamente. Le quiero mucho: hace tiempo que nos conocemos, es divertido, muy caballeroso y me trata con sumo respeto. Pero por causa de esa obsesión por lo que pronto será su profesión tengo dudas acerca de si realmente quiero seguir con él, si el futuro que me espera a su lado me (nos) puede hacer feliz. Yo también he estudiado —de hecho con calificaciones mucho más brillantes que las suyas, de lo que jamás hago alarde—, y me gusta lo que hago. Soy psicóloga y, afortunadamente parece que se abre ante mí un futuro prometedor. Con ser muy importante para mí, no lo es todo. Quiero una vida completa en la que exista armonía entre mi carrera profesional y mi vida familiar. Para eso cuento con tener a mi lado un hombre que entienda que esa vida familiar es un asunto que nos concierne a los dos, que asuma que el trabajo de casa y los cuidados de nuestros niños y, si se da el caso, de nuestros mayores, es cosa de ambos. No quiero un hombre que crea que por mi condición de mujer he de ser yo quien se haga cargo de todo, incluyendo sus cuidados, un hombre que piense que mi labor principal es la atender todas esas cosas con la idea de dejarle a él tiempo para poder ejercer en plenitud su actividad y alcanzar las cotas con que sueña. También yo soy profesional y quiero ejercerla en plenitud, y es evidente que no podré conseguirlo si la actitud del hombre que comparta mi vida responde a ese patrón. Ayer hablé de todo esto con él. Le dejé las cosas muy claras. Él parecía extrañado. Le sonaba todo un poco raro. Comenzó a hablarme de una manera que me resultó impropia, anacrónica diría, en un chico de su edad, y que me produjo espanto. Decía que yo tenía que aceptar que, dado que somos diferentes, diferentes habrían de ser nuestras funciones a partir del momento en que comenzáramos a vivir juntos. Que lo natural sería que yo cuidara de la casa y de los hijos que tuviéramos, que le parecía magnífico que yo trabajase, pero que para hacerlo debía tener pensada la fórmula para compaginarlo con el trabajo de casa. Me adelantaba que había decidido (¡por su cuenta!) que su madre, viuda, vendría a vivir con nosotros desde el primer día, que contaba con que yo la asistiera como merece, y que, dado su precario estado de salud, no le encomendase tarea alguna. Decía de sí mismo que tenía grandes proyectos profesionales que requerirían de toda su atención y su tiempo. Que eso era lo más importante en ¡nuestra! vida, que así lo había aprendido en la facultad de economía, que ése habría de ser su “obligado” proceder, su contribución al progreso económico y social de todos, y que yo tenía que aceptarlo como algo natural, incluso que debía agradecerle el nivel de bienestar que por su futura posición social ese estilo de vida habría de proporcionarme.

Aturdida, estupefacta diría, no sabiendo si hablaba de broma, y por cambiar de tema, le pregunté lo primero que se me ocurrió: « ¿Te gusta mi bicicleta?».  « ¿Tu bicicleta?», —respondió extrañado—, y con la mirada perdida no supo qué decir: ¡no se había fijado en ella! Para mi decepción, y creyendo resolver con ello la comprometida situación en que su evidente falta de interés por mis cosas había provocado mi pregunta, volvió sobre el tema aprovechando el asunto de la bicicleta para establecer un símil: «verás —me dijo—, tu bicicleta es como seremos nosotros. Como su nombre indica, es un artefacto compuesto por dos ruedas montadas en un mismo cuadro, pero que tienen encomendadas funciones bien diferenciadas. Ya te digo, como nosotros. Mira, hay una rueda más visible, la delantera, la que, aparte de llegar siempre antes a cualquier parte, es la más importante porque está engarzada al dispositivo de dirección, el manillar, y que, en definitiva, es la que marca el rumbo. Digamos que manillar y rueda delantera me representarán a mí, ¿me sigues? Después tenemos la rueda trasera, siempre en un segundo plano, la que se deja llevar adónde la lleve la otra. Podría pensarse que carece de importancia. No es así, todo lo contrario. Es fundamental para que la delantera nos lleve a cualquier parte que el conjunto de la bicicleta tenga impulso, y aunque es un trabajo más grosero, menos vistoso, menos visible, ese trabajo corresponde a esa rueda trasera que está engarzada mediante una cadena y dos ruedas dentadas a los pedales, cuyo giro es el que produce el movimiento. Ese conjunto de sistema de propulsión y rueda trasera serás tú, ¿entiendes? ¿Te das cuenta de lo importante que es tu colaboración para que yo pueda llevarte al destino que pretendo para los dos?»

— ¿Pretendes, dices? ¿Tú? ¿Pretendes tú por los dos?— Contesté en un tono de voz seco y expresión áspera que nunca había utilizado con él, y volviendo de mi ensimismamiento tras varios minutos de haber dejado de seguirle. Después de dar gracias al cielo por permitir que en un arrebato de sinceridad él hubiera puesto las cartas sobre la mesa, yo decidí que no compraría “nuestra” bicicleta, que en su lugar abriría mi gabinete de psicología y que con paciencia y buen hacer me haría un lugar entre mis colegas, que esperaría a que con el tiempo se cruzase en mi camino, o yo en el suyo, un hombre que entendiera que estar juntos supone ser compañeros en toda la extensión de la palabra. Y en aquel momento había decidido…, también…, también había decidido con enorme tristeza vender mi preciosa bicicleta.

Paloma Ruiz Sastre.

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  1. El relato me ha parecido muy interesante y ha me ha hecho reflexionar sobre la situación de la mujer en la actualidad. Es duro leer cosas así, y más si somos conscientes de que no se trata de un simple relato inventado, sino que hoy en día hay muchas personas que aún siguen pensando así, y no sólo del sexo masculino, sino también del femenino.
    La respuesta que da el chico nos hace recordar al sexismo tradicional, en el cual a la mujer siempre ha sido relegada a un segundo plano y se ha determinado que su principal función es trabajar en el hogar, por y para la familia, y además, en ningún momento se le ha dado valor a estas tareas. Pero su segunda intervención, cuando compara sus vidas con la bicicleta. nos parece aún más preocupante, ya aunque a simple vista se pueda observar un cambio porque se hace mención a la importancia de la chica, realmente no lo es, simplemente se trata de el tipo de sexismo que nos estamos encontrado actualmente, un sexismo benévolo y que bajo nuestro punto de vista es tan dañino como el anterior.
    La solución que toma la chica ante esta situación que se le presenta me parece muy adecuada, ya que considero de vital importancia que las mujeres comencemos a valorarnos como merecemos y a darnos la importancia que tenemos, ya es hora de que luchemos por cambiar la situación y hacernos valer.

  2. Mi bicicleta, narra a la perfección la diferencia entre sexo y género y los diferentes sesgos.
    Quisiera mencionar brevemente dichas definiciones y sesgos con los apuntes tomados en la clase de Psicología de Género.

    Sexo y Género.

    -SEXO:
    – diferencia biológica entre hombre y mujer
    – no determina ningún comportamiento
    – división natural.

    -GÉNERO:
    – características y comportamientos que la sociedad atribuye a hombres y mujeres:
    – lo que se espera de ellos/as
    – las limitaciones que la cultura impone a cada uno/a

    -SESGO ALFA.
    Tendencia a exagerar diferencias mínimas o inexistentes, en detrimento de las similitudes entre ellos y de las diferencias entre los individuos de cada grupo.

    -SESGO BETA.
    Tendencia a ignorar las diferencias entre grupos o minimizar su magnitud, dando más relevancia a la diversidad entre individuos y/o a los contextos que determinan sus conductas, con independencia del sexo.

    -Ambos sesgos son problemáticos porque…
    1) Se puede dar a entender que son las diferencias las que generan desigualdad entre los sexos (sobre todo desde una posición androcéntrica = masculino la norma, femenino lo diferente).

    2) Subrayar las diferencias puede servir para definir hombres y mujeres como opuestos

    3) Negar las diferencias puede ocultar, bajo una aparente igualdad, experiencias de vida y necesidades específicas de cada grupo sexual.

    Espero que esto sirva de ayuda!


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