Las políticas de conciliación: políticas laborales versus políticas de tiempo.

Desigualdades de género en los mercados de trabajo.

Las políticas de conciliación: políticas laborales vs políticas de tiempo.

La  mujer tiene el problema de ser y hacer de madre y ama de casa, mientras que el hombre es padre pero no ejerce de tal y mucho menos de amo de casa, lo que le permite disponer de más tiempo y, como consecuencia, ocupar los mejores puestos y cobrar mayores salarios. Las madres trabajadoras se ven obligadas a recurrir a la doble jornada, a la contratación de sustitutas en el hogar o a la ayuda de la familia. Para resolver este conflicto surgieron las políticas de conciliación de la vida laboral y familiar que, lamentablemente, se han mostrado poco eficaces. Cabe entonces preguntarse por qué, ¿cuáles son las razones de la falta de eficiencia de esas medidas?  Y podrían apuntarse algunas, a la vista de los datos ofrecidos en el artículo cuya lectura se nos ha propuesto:

  • Porque esas propuestas ven en la conciliación que pretenden promover un obstáculo a la producción y no un factor de bienestar social: no se cuestiona la jornada laboral sino cómo extraer de ella el tiempo para los cuidados.
  • Porque los hombres no se acogen a los permisos y excedencias para cuidados —por efecto del factor cultural—. Esta bienintencionada medida tiene el efecto perverso de alejar a la mujer del mercado y hacerle perder oportunidades. Además el ejercicio de los derechos de conciliación pueden tener un coste adicional en forma de “represalias” encubiertas (modificación de las condiciones de trabajo) o manifiestas (despido). Se entiende que muchas trabajadoras renuncien a ejercer sus derechos y a retrasar la edad de la maternidad.
  • Porque el empresario tiene mucho margen en la aplicación de las medidas legales en relación a la negociación sobre la flexibilización de la jornada, por lo que muchas mujeres prefieren la reducción de jornada — con la consecuente reducción salarial— a un mal acuerdo.

Consecuentemente las políticas de conciliación no pueden ceñirse al apoyo del empleo femenino, sino que deben comprometer a los hombres en el trabajo doméstico. En tal sentido no deben entenderse como políticas de apoyo a la familia —lo que permitiría que el hombre aprovechara los permisos que le correspondiesen para ampliar fraudulentamente su tiempo de mercado en forma de pluriempleo—, sino como normas de aplicación individual en defensa del derecho de una vida privada al margen de la dedicada al trabajo productivo — obligar a las mujeres a elegir entre la maternidad y la carrera profesional supone una clara vulneración de sus derechos—. También deben incluir la provisión de servicios públicos de cuidados que, no obstante, no deben sustituir el tiempo compartido con la familia.

Mientras no se produzca una acción política firme, las estrategias propuestas de conciliación —reducción y flexibilidad de jornadas, servicios públicos de cuidados, racionalización de horarios, protección de la natalidad, permisos amplios y exclusivos para hombres y mujeres, corresponsabilidad, etc. — en defensa del bienestar social por encima de los intereses económicos, dejarán de ser papel mojado.

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  1. En mi humilde opinión creo que el error de las políticas de conciliación está en que tal vez para solucionar el problema que existe en cuanto a la desigualdad de las mujeres en los mercados de trabajos, no deberíamos hablar solo de conciliación sino también es necesario hacer mención a la corresponsabilidad, pues las medidas mencionadas arriba: reducción y flexibilidad de jornadas, servicios públicos de cuidados, racionalización de horarios, protección de la natalidad, permisos amplios y exclusivos para hombres y mujeres, etc., al final sólo son aplicadas para las mujeres por lo que se sigue perpetuando la desigualdad.
    Consideramos que la corresponsabilidad en el ámbito doméstico y familiar es un elemento clave para poder acabar con las desigualdades y permitir a la mujer una mejor inclusión en los mercados de trabajo. Pero se trata de una corresponsabilidad que debe ser asumida por hombres y mujeres, deben ser ambos sexos los que se impliquen para conseguirla, y por ello las medidas destinadas a lograr esto deben estar dirigidas en igual medida a hombres y mujeres. No lo solo debemos pensar en la necesidad de la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, sino también en la del hombre al trabajo del hogar.

  2. Las políticas de conciliación no pueden ser exclusivamente unas políticas de apoyo al empleo femenino. Entre otras cosas porque el embarazo dura nueve meses y la lactancia algunos más. Los padres deben tener el mismo grado de implicación en la crianza de sus hijos/as.
    Sin prejuicios patriarcales y sin mantener la atribución a las mujeres de unas responsabilidades que deben ser compartidas al cincuenta por ciento, el empleo femenino no se vería resentido porque no hay ninguna razón objetiva para ello.
    Este bienestar social, evidentemente, tiene un coste que debe ser asumido por un Estado que se configura como social y democrático de Derecho, con impuestos sobre el capital y los beneficios como forma de redistribuir la riqueza y devolver a las personas trabajadoras su contribución a la generación de esa riqueza. Lo que en ningún caso puede seguir ocurriendo es que el bienestar en las familias siga recayendo sobre las espaldas de la mitad de la población, sólo porque tengan la capacidad de procrear.
    Los argumentos y estrategias para que la conciliación de vida laboral y personal sea posible están todas sobre la mesa; mientras esto no ocurra, -las jóvenes- seguirán teniendo que responder sobre sus planes de maternidad en las entrevistas de trabajo y los hombres seguirán eligiendo libremente y sin cortapisas la edad a la que quieren ser padres.


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