LA DEVALUACIÓN DEL TRABAJO FEMENINO

En las siguientes líneas nos proponemos hacer una breve reseña sobre el capítulo “La devaluación del trabajo femenino” perteneciente a la obra Caliban y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria de Silvia Federici, escritora, profesora y activista feminista de los Estados Unidos. En esta obra la autora reelabora una nueva teoría sobre el desarrollo del capitalismo desde una perspectiva feminista, y lo hace mediante la interdisciplinaridad, pues para explicar un fenómeno económico busca respuestas en la Historia, lo cual nos parece un gran acierto, pues consideramos que la evolución económica está íntimamente relacionada con la histórica. Silvia Fedirici analiza la quema de brujas desde una perspectiva novedosa, ya que para la autora se trató de una dinámica de expropiación social dirigida sobre el cuerpo, los saberes y la reproducción de las mujeres.

En el capítulo que nos ocupa Silvia Federici pone en conexión la criminalización del control de las mujeres sobre la procreación con la organización capitalista del trabajo. La criminalización de la anticoncepción supuso la desposesión a las mujeres de unos conocimientos que se habían transmitido a lo largo del tiempo y que les habían permitido tener una cierta autonomía respecto al parto.

Con esto, la autora sostiene que el Estado privó a la mujer el control sobre sus cuerpos, y a la vez, relegó la maternidad a la condición de trabajo forzado. A continuación, en la obra, se pone en conexión este fenómeno con la reducción de las mujeres a la condición de no-trabajadoras. A las mujeres se les fue arrebatando terreno incluso en las ocupaciones que habían desempeñado tradicionalmente, pues cada vez le imponían mayores restricciones. Poco a poco el trabajo de las mujeres fue devaluándose y el matrimonio pasó a ser considerado como la verdadera salida para el sexo femenino. Las mujeres fueron relegadas al trabajo doméstico, el cual no era considerado como tal, sino como una simple labor que era obligación de la mujer realizar. Esta conexión de la mujer con las tareas del hogar se ha perpetuado a lo largo del tiempo hasta llegar prácticamente a la actualidad, de ahí, que consideremos fundamentales análisis como este para hacer entender el origen de esta situación y cómo no siempre fue así.

Silvia Federici sostiene que esta pérdida de poder en cuanto al trabajo asalariado, junto con la desposesión de la tierra, desembocó en la prostitución. Esta forma de subsistencia solo pudo ser usada por las mujeres en un primer momento, ya que cuando el Estado fue consciente de que gran parte de la población femenina lograba sobrevivir gracias a ella cambió su actitud, y la prostitución fue criminalizada y sujeta a numerosas restricciones. Una vez más, se puede apreciar que a lo largo de la Historia se ha tratado de evitar que la mujer pueda subsistir por sí misma con la finalidad de convertirla en un ser completamente dependiente.

En definitiva, la autora sostiene que “la discriminación que han sufrido las mujeres como mano de obra asalariada ha estado directamente vinculada a su función como trabajadoras no asalariadas en el hogar” (2004:145). Lo que realmente pretendían, y lograron, con todas estas actuaciones fue recluir a las mujeres al trabajo reproductivo y utilizarlas como fuerza de trabajo mal pagada cuando fuese necesario.

Todo esto nos lleva a ver, tal y como Federici sostiene, que aunque en todas las épocas existió misoginia y la mujer quedó relegada a posiciones secundarias, fue en los inicios del capitalismo cuando la mujer pasó a ser un bien económico para uso del hombre.

BIBLIOGRAFÍA Y WEBS CONSULTADAS:

Federici, Silvia (2004). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficante de sueños.

Cuadernos de Ética: http://aaieticas.org/revista/index.php/cde/article/view/35/68

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  1. Querida compañera, la razón por la que la opresión de las mujeres comienza con la división de la sociedad en clases, inicia con el desarrollo de las fuerzas productivas que permitió a los seres humanos producir un excedente superior a lo que era necesario para la subsistencia del conjunto de la sociedad. Este excedente no era suficiente para que todos pudieran vivir por encima del nivel de subsistencia, pero era suficiente para que algunos lo hicieran. Se hizo entonces posible un desarrollo adicional de las fuerzas productivas y con ello el crecimiento de la división entre una clase explotadora y una clase explotada.
    En este momento, las diferencias biológicas entre hombres y mujeres tomaron una importancia que nunca habían tenido antes. Con la carga del cuidado de los hijos, las mujeres tendían a ser encauzadas hacia ciertos papeles productivos y quedaban fuera de otros, fuera de aquéllos que proporcionaban el acceso al excedente. Así, por ejemplo, cuando las sociedades pasaron del cultivo con azada, que puede ser realizado por mujeres a pesar de la carga del embarazo, al uso de pesados arados o a la crianza de ganado, se tendió a desplazar a las mujeres de los trabajos productivos clave y el excedente pasó a ser controlado por hombres.
    El patriarca, controlaba la relación de la familia con el mundo exterior, y su mujer estaba tan subordinada a él como lo estaban los niños y sirvientes (la excepción confirma la regla: si una viuda tomaba el lugar de su esposo muerto, dominaba a todos los hombres y mujeres de la familia; allí donde se crearon situaciones en las que el papel productivo jugado por las mujeres tendía a producir un excedente vendible, las mujeres tendían a desafiar ciertos aspectos de la familia patriarcal estereotipada)
    El desarrollo de las fuerzas productivas requiere determinadas relaciones de producción. La opresión de las mujeres es producto, en cada caso, de las relaciones entre estos dos factores. Esto tiene su base en la historia material de la sociedad.
    Esta es la razón por la que la opresión de las mujeres de la clase trabajadora no puede acabarse sin el masivo cambio social necesario para socializar el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos.
    A mediados del siglo XVI, los Estados europeos empezaron a castigar severamente las prácticas anticonceptivas y el aborto. “Si en la Edad Media las mujeres habían podido usar métodos anticonceptivos y ejercer un control indiscutible sobre el proceso del parto, a partir de entonces sus úteros se transformaron en territorio político”, razona- (Federici).

    La caza alcanzó su esplendor entre 1580 y 1630, cuando ya se habían instaurado las instituciones económicas y políticas de la nueva economía. “La caza de brujas aniquiló un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista”

    Un saludo!.

  2. Querida Pal 91:

    Gracias por tu aportación, de nuevo muy interesante. Lo has dicho muy claramente en tu referencia: «la discriminación que han sufrido las mujeres como mano de obra asalariada ha estado directamente vinculada a su función como trabajadoras no asalariadas en el hogar» o cuando dices: «en los inicios del capitalismo la mujer pasó a ser un bien económico para uso del hombre.» Digamos que todo data de más antiguo. En justicia no podemos vincular la postergación de la mujer al capitalismo. El machismo, la misoginia o la discriminación de la mujer se remontan, seguramente, al origen de los tiempos. Pero es verdad que esa manera de comportamiento —digamos que “natural” (bien entrecomillado), por lo antiguo — para con las mujeres, pasa a tener verdaderos tintes de manipulación e imposición cuando es el sistema económico el que necesita que sea ésa y no otra la situación de la mujer. Ya lo decía en otro de mis comentarios: la economía necesita de capital financiero y de capital humano. La provisión de capital financiero corre por cuenta del mundo del dinero. La provisión del capital humano corre por cuenta del vientre de las mujeres. Son ellas las que deben “hacer” personas, y luego criarlas y prepararlas para su incorporación al mundo de la producción. El control de la natalidad por parte de la mujer, por tanto, contraviene este principio al comprometer esa provisión de capital humano de la que hablo. Se entiende así la “criminalización” que de tal conducta hace el sistema. Y es de este planteamiento de las cosas del que sí podemos responsabilizar al capitalismo, sistema que en sus inicios —parece que hoy en día, poco a poco va asumiendo la importancia de la figura de la mujer en su engranaje—, como dices, recluye a la mujer en el hogar y le encomienda esta tarea que, con ser muy noble, no satisface a muchas de ellas que quisieran desarrollar sus capacidades en el mundo del mercado laboral. Y volviendo a remitirme a uno de mis comentarios anteriores, debo insistir en que la cosa resulta tanto más indignante (por degradante) por el hecho de que, aun tratándose de una actividad imprescindible para la supervivencia de ese sistema, la mujer no recibe prácticamente nada de él para sufragar ese trabajo de “provisión” de caudal humano, desde luego nada en términos económicos. ¡Vamos, que le sale gratis! ¡Para estar contentas!

    Gracias Pal 91. Un saludo.
    Paloma.


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