Canibalismo de hogar

Se han encargado a lo largo de la historia de elaborar modelos económicos centrados en el mercado, desligando a la economía de la reproducción social, como si fuesen desconocidos, es decir, las escuelas economistas se han centrado exclusivamente en estudiar la producción del mercado.

La teoría valor trabajo iniciada por Adam Smith, en la que se considera que el trabajo es pieza fundamental para cuantificar el valor, teoriza de manera diferente la actividad que realiza los hombres frente a la que realiza las mujeres: trabajo en la industria vs tareas del hogar. Esta clasificación tiene unas desventajas, por supuesto ¿para quién? Para nosotras. Actividad realizada sin remuneración, pero a la que se le otorga una importancia relevante porque es necesaria para la sostenibilidad de la vida humana, ya que se considera indispensable para que los hijos se conviertan en trabajadores productivos y contribuyan a la riqueza de las naciones (Smith, 1988).

El sistema capitalista posiciona al hombre en el ámbito productivo-público mientras que a la mujer en el ámbito reproductivo-doméstico-privado, es decir, en la esfera de los cuidados. ¿Qué ocurre con esta clasificación económica de los trabajos? La actividad socialmente asignada a las mujeres, queda incluida en la invisibilidad de una valoración social.

Tanto el pensamiento económico clásico, como posteriormente el neoclásico, niega que las tareas realizadas en el hogar sean consideradas una categoría económica, porque claro, no son actividades remuneradas en el mercado. ¿Podría subsistir el mercado sin la labor que se realiza en los hogares? ¿Quién está exento/a de cuidados? Las necesidades de cuidados están íntimamente atadas a la idea de dependencia, y ésta es una característica intrínsecamente universal porque todas y todos. Somos personas dependientes y necesitamos cuidados en algún momento de nuestra vida; ya sean biológicos y/o emocionales.

Está claro que la economía es androncentrista y que le conviene ocultar y explotar el trabajo que se realiza en los hogares, que históricamente han recaído en la mujer: excluyendo estas actividades domésticas y de cuidados del sistema de mercado, se invisibiliza a la mujer (Carrasco, 2009).

Imaginarse un iceberg como representación de la sostenibilidad de la vida. La parte visible, por encima del agua, sería el mercado de trabajo, la actividad remunerada. La parte oculta, se asocia a los cuidados, afectos, alimentación… es decir, ese trabajo no remunerado ni reconocido que sostiene la punta del iceberg.

Los hombres siguen desentendiéndose de las tareas domésticas y de los cuidados. Las mujeres mientras tanto, hacen malabarismos con los recursos disponibles: familiares (sobre todo echa mano de las abuelas), “comprando cuidados” (pagando a una persona externa). Este último, conlleva a la precariedad del trabajo y entra en juego las cadenas globales de cuidados, es decir, una mujer migrante que transfiere cuidados a otras mujeres dejando sus propias responsabilidades de cuidados en sus países de origen, que, a su vez, será asumido por otra mujer. ¿Quién se beneficia de todo esto? Los hombres, el Estado y las empresas (Orozco, 2010). O bien, sacamos nuestro super poder y nos convertimos en “supermujeres”. ¿Qué se entiende por “supermujeres”? Según aporta Luis Moreno en el año 2002, por ‘supermujer’ nos referimos a un tipo de mujer mediterránea que ha sido capaz de reconciliar su trabajo no remunerado en el hogar con sus cada vez mayores y más exigentes actividades profesionales en el mercado laboral formal (mayoritariamente entre los 40- 59 años de edad). Los sacrificios que realizan estas supermujeres contribuyen al crecimiento económico y facilita la expansión del gasto público en otras áreas. Considerada como ‘situación imposible’ la sobrecarga laboral por Nicole-Drancourt en 1989, la supermujeres han sido capaces de completar ‘jornadas interminables’ (Durán, 1986) a lo largo de sus vidas. (Citado en Moreno, 2002)

Y de “supermujeres” pasamos al “hombre champiñón” ¿Conocéis al hombre champiñón? Es un término popularizado por la economista feminista Amaia Pérez Orozco. Si pongo en Google esas palabras, lo primero que me sale es un vídeo de Irantzu Varela del 2017. Lo describe como varón, adulto, blanco, heterosexual, independiente económicamente, sin ninguna discapacidad, que no tiene responsabilidades de cuidados y que no necesita que nadie lo cuide. Amaia define al trabajador champiñón como “aquel que brota todos los días plenamente disponible para el mercado, sin necesidades de cuidados propias ni responsabilidades sobre cuidados ajenos, y desaparece una vez fuera de la empresa”.

Y, a todo esto, ¿qué pretende aportar la economía feminista? En primer lugar, reivindica poner la sostenibilidad de la vida en el centro, qué entendemos por una vida que merezca la pena ser vivida (Orozco, 2010). Por otro lado, que los cuidados estuvieran incorporados en el sistema económico y hubiera una reorganización social de los cuidados que no recayeran exclusivamente en las mujeres.

Considerar a los cuidados como base fundamental de la economía, y pararnos a pensar cómo nos sentimos como personas.

Referencias bibliográficas:

Carrasco, C. (2009). Mujeres, sostenibilidad y deuda social. Revista de educación, (1), pags. 169-191.

Moreno, L. (2002). Bienestar mediterráneo y «supermujeres». Revista Española de Sociología, (2), pags. 41-57. ISSN: 1578-2824.

Orozco, A. (2010). Diagnóstico de la crisis y respuestas desde la economía feminista. Revista de Economía Crítica, 9(1), 131-144. ISSN: 2013-5254

Smith, A. (1988). Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones. Madrid: Oikos-Tau (e.o. 1776).

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  1. Ser mujer implica, aun en la sociedad en la que estamos, la asunción de múltiples responsabilidades que pueden afectar al equilibrio físico y psicológico. La incorporación de la mujer al mercado de trabajo en los últimos años ha aumentado sus problemas de salud. Y es que, nos encontramos en un sistema capitalista dónde no se ocupa de la conciliación familiar y que no reconoce de manera formal y económica este gran esfuerzo de muchas personas, en especial la mujer. Se sigue menospreciando las actividades domésticas y de cuidados que siempre se le han otorgado a la mujer por el simple hecho de serlo. Estamos avanzando poco a poco hacia sociedades más igualitarias, pero este tema es crucial para la sostenibilidad de la vida, por eso pienso que las “supermujeres” sólo existen en las películas de Marvel, en la vida real tenemos a mujeres sobrecargadas y explotadas por un sistema machista-capitalista que solo mira “para y por el bolsillo”.

    • Muchas gracias por tu aportación.
      Un sistema heteropatriarcal y una economía basada en el mercado que como bien dices, se encarga de explotar. La búsqueda de una economía feminista que coloque la vida en el centro de todo, como dice Amaia Pérez Orozco. Al sistema le sale muy barato explotar a las mujeres principales cuidadoras y sustentadoras de una familia, por ello no toma “cartas sobre el asunto”.
      Saludos

  2. ¡El hombre champiñón es un invento! ¿Quién puede ser autosuficiente a lo largo de toda su vida? ¿Quién no necesita de cuidados durante la niñez o la vejez? ¿Quién no enferma nunca?

    La vulnerabilidad es inexorable a la propia vida y, hasta que no seamos conscientes de ello, no podremos formular un nuevo modo de organizar los recursos, el trabajo y la propia vida que no nos enferme, que no nos deprima, que no nos frustre.
    Así andamos, todas tan raras. Tan solas y tan fragmentadas. Tan encapsuladas. Tan sin tiempo para nada y tan estresadas. Y, encima, caemos en las redes del sistema con frases como: “¿Pero por qué estaré tan cansada, si no he hecho nada?”, cuando has ido a trabajar, has hecho un trabajo para el máster, has puesto una lavadora, has lavado los platos, pasado la mopa y has salido a comprar.

    Stop-autoexigencias como principio revolucionario para cualquier mujer, en cualquier ámbito de su vida. Con nosotras ha topado el sistema. Con nosotras que, como dirían las gigantas de Tremenda Jauría, sabemos “que somos porque nos tenemos. Que somos porque nos cuidamos. Que somos porque nos luchamos”.

    Codo a codo, podemos con todo.

    Enhorabuena por la entrada, compañera.

  3. Gracias Ana por tu respuesta. Me gusta ese toque revolucionario que le has dado a mi entrada, porque es lo que pretendía.
    Por supuesto que en este gran debate debemos ir todas en la misma dirección, a mí también este sistema me cansa. LE decía a un familiar hombre: el sistema nos exige a ti y a mí, pero es que a mí además me oprime, imagínate que cansada vivo.

    A seguir.
    Abrazos sororos


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