Cambiar el paradigma

Las discusiones económicas (sobre métodos, modelos, etc.), al igual que las discusiones sobre la categoría de la ciudadanía, han sido mayoritariamente dentro de las preocupaciones masculinas. En este sentido, teniendo en cuenta el concepto dominante de trabajo y empleo, no es sorprendente que la mujer siga estando en situaciones desfavorables, ya que no se ha podido salir del todo de lo productivo como eje central de la economía.

Hasta los discursos críticos con el sistema se han manejado dentro de estos límites, de lo productivo como lo importante (en tanto y en cuanto puede traducirse en un valor monetario o mercantil), como por ejemplo Louis Althusser explicando la reproducción de las condiciones de producción (las fuerzas productivas y las relaciones de producción existentes) para mantener los métodos de producción del sistema capitalista, fundamentalmente a través de los AIE (Aparatos Ideológicos del Estado).

Este es un trabajo que se enmarca también dentro del discurso masculino, ya que no tiene en cuenta el trabajo de reproducción social que las mujeres realizan dentro del hogar, cuestión que podría considerarse dentro de la reproducción de la fuerza productiva. Aunque el autor se refiere al AIE familiar, lo hace desde el punto de vista de cómo el núcleo familiar reproduce la ideología dominante para mantener precisamente el sistema. En este sentido, la mujer queda invisibilizada en todo momento, ya que su trabajo doméstico, de cuidado, en fin, de reproducción social no se menciona, ya que lo importante es la producción dentro del Mercado capitalista y su forma de reproducción. Igualmente el artículo al que hago referencia, Ideología y aparatos ideológicos de Estado, es un trabajo muy valioso por las categorías analíticas que introduce.

Teniendo en cuenta que la producción social (entendida como la producción económica con valor asignado, con su consiguiente reproducción) se lleva todas las preocupaciones, y teniendo en cuanta además de las pocas soluciones que estas discusiones han aportado al bienestar general, podemos decir que es momento de cambiar el paradigma, cambiar la forma en cómo se mira la economía. En este sentido, desde varios sectores feministas apuntan a un concepto clave: el trabajo de la reproducción social que, como bien explica Antonella Picchio:

El contenido de dicho trabajo es el cuidado del mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, así como el cuidado de los cuerpos, la educación, la formación, el mantenimiento de relaciones sociales y el apoyo psicológico a los miembros de la familia. Se trata de un trabajo que, en cuanto a su cantidad, medida en unidades físicas de tiempo, supera ligeramente al total del trabajo remunerado de los hombres y las mujeres, mientras que, en lo que respecta a su calidad, tiene unas características que son fundamentales para mantener las condiciones de sostenibilidad del sistema en su conjunto y que connotan al sistema en un sentido institucional. (Antonella Picchio, 2001)

Este tipo de trabajo no remunerado realizado por las mujeres, debe empezar a tenerse en cuenta en los análisis y propuestas que los gobiernos y los diferentes organismos internacionales realicen, para poder empezar a hablar de sistemas más inclusivos.

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El ¿reconocimiento? del trabajo doméstico

En Argentina las mujeres pueden jubilarse a los 60 años aunque no hayan hecho aportes. Esto es así porque se ha reconocido el papel fundamental que juegan en el interior de los hogares. Entendiendo que una mujer que no ha realizado aportes a la Seguridad Social no significa que no haya trabajado nunca en su vida, solamente que no ha estado empleada. De esta forma, se reconoce de alguna manera el trabajo doméstico que las mujeres realizan.

Igualmente esto no es la panacea, ya que de las jubilaciones existentes, la de las amas de casa es la más baja. ¿Casualidad? De ninguna manera. Esto responde a que el trabajo que realizan las mujeres atendiendo al contrato social de género está considerado de forma inferior al trabajo (empleo) de los hombres, que es el que supuestamente genera riquezas, ya que es el remunerado.

En España sucede algo bastante similar con las pensiones de viudez, dentro del nivel contributivo, que es una pensión cobrada casi exclusivamente por mujeres, ya que son el 94,7%. Aunque en esta misma categoría cobran más que los hombres, son las pensiones más bajas del nivel contributivo, casi el 50% con respecto a las otras categorías, y la explicación creo que estaría dada en que acá directamente ni se reconoce que la mujer ha trabajado en su hogar mientras su esposo lo hacia fuera, lo que se reconoce es la dependencia que tenía la mujer frente a su marido, empleado, sustentador económico del hogar.

Lo que en definitiva está en juego es lo que desde la economía feminista se critica, esto es, un modelo económico sustentado y dirigido por y para los hombres, donde lo valorable es el empleo masculino en el ámbito público frente al trabajo femenino en el ámbito privado del hogar. Solamente de esta forma es explicable la situación de las mujeres en Argentina que cobran su jubilación mínima, aunque en cantidad de horas hayan trabajado más, como se ha demostrado en la gran mayoría de los estudios que analizan el uso del tiempo de las personas. Igualmente en el caso de las mujeres españolas que cobran la pensión de viudez, que cobran en relación a que el productivo era el esposo, ya que poseía un empleo en el que aportaba a la Seguridad Social.

Ciudadanía, un concepto que redefinir

Al margen de algunos planteamientos feministas, en general las discusiones alrededor del concepto de ciudadanía se han concentrado en torno de cómo incorporar al otro/a, más que pensar en el conjunto de nosotros/as. En este sentido, se ha intentado que el concepto de ciudadanía masculino incluya también a las mujeres (cayendo en el dilema de Wollstonecraft), en algunos casos a los/as inmigrantes, y a las minorías sexuales, antes que intentar pensar otro concepto de ciudadanía, donde este tipo de barreras no sean imaginables, en definitiva, un concepto más incluyente. Pues bien, este es el reto que desde varios de los sectores feministas se intenta por superar.

Al mismo tiempo, hay que seguir haciendo hincapié para que los derechos reconocidos formalmente puedan ser ejercidos realmente. O sea, no sirve de nada que desde la ley se reconozca algo si después en la vida cotidiana no puede verse realizado.

Se puede decir también que el modelo de ciudadanía ha respondido siempre a lo productivo, en detrimento de lo reproductivo. En este sentido, tanto los derechos como las obligaciones a que hace referencia  el concepto de ciudadanía responden a la esfera pública, donde históricamente el hombre ha dominado ese espacio.  Por esto, los derechos que se han ido invocando para una ciudadanía plena son fundamentalmente el trabajo (y empleo remunerado) y el voto. No se ha luchado porque los hombres tengan el derecho a hacerse cargo del hogar y de los cuidados a niños, mayores y personas dependientes. Tímidamente, a partir de las luchas feministas, se está reconociendo el derecho de paternidad, reconocido ahora por la LO 03/2007.

Al mismo tiempo, es importante remarcar que la preocupación por la ciudadanía ha sido casi siempre dentro de los parámetros heterosexuales, y por esto mismo Judith  Butler habla de que “la regulación heterosexual de la sexualidad (la heterosexualidad o institucionalizada) es central para el funcionamiento de la economía política” (citada en Aránzazu Hernández Piñero, 2006).

Es difícil pensar en un concepto único, universalista de la categoría de ciudadano/a ya que en general se olvida la desigualdad existente entre las clases sociales, y fundamentalmente la desigualdad de poder entre las personas (entre otras desigualdades), por lo que por ejemplo una empleada de la industria textil y un empresario de la misma industria formalmente tienen los mismos derechos y obligaciones, aunque realmente haya una diferencia sideral de posibilidades en el acceso a diferentes cuestiones entre una y otro. Por esto mismo, el concepto debe ser redefinido constantemente, como plantea María Xosé Agra Romero en su artículo Ciudadanía. El debate feminista, teniendo en cuenta las diferencias de género, étnicas, etarias, de clase, de orientación sexual y culturales.

Teniendo en cuenta que la categoría ciudadano/a conlleva al mismo tiempo derechos y obligaciones, y después de las lecturas correspondientes, me sigue quedando una duda dando vueltas, ¿el concepto actual, une más, es más igualitario, en relación a las obligaciones o a los derechos?