Mujeres del siglo XXI

Aunque hayan pasado unos años de este artículo, sigue en pleno vigor, sigue siendo una realidad actual, las mujeres del siglo XXI han conseguido mucho, pero han ganado en estrés por la falta de tiempo para responder a todas las facetas de su vida a las que se ha abierto paso; la laboral, familiar, personal… En este artículo podemos leer algunos testimonios de mujeres conocidas que han dado su opinión sobre el tema.

 

MONTSE JOLIS

12 de septiembre de 2007

La mujer del siglo XXI tiene ante sí más posibilidades que nunca. No hace tanto tiempo –y parece una eternidad– pasaba de depender del padre al marido, eran muy pocas las que accedían a carreras universitarias y la inmensa mayoría dejaba de trabajar en cuanto se casaba. Nuestras madres más mayores necesitaban el permiso del marido para abrir una cuenta corriente, salir al extranjero o sacarse el carnet de conducir. Todo eso ya es historia. Ahora, tenemos estudios y decidimos solitas cuál será nuestra profesión, si viviremos o no en pareja, si tendremos hijos y hasta nos divertimos más… Llevamos años ganándonos a pulso que se nos respete como personas y se nos valore como profesionales. El feminismo quizá no esté de moda, pero ha sido una muy eficaz e imprescindible herramienta de avance. Ahora bien, una vez conseguidos esos derechos que ya nadie discute, ¿qué tal nos va en la vida cotidiana? El discurso años sesenta acerca de la realización de la mujer, ¿es cierto o es una milonga? Hemos querido conocer de primera mano qué piensan las mujeres de hoy sobre este asunto: jóvenes empresarias, mileuristas, estudiantes, ejecutivas…
Cambio positivo
Para Sara Moreno, profesora adjunta de la Universidad Autónoma de Barcelona y especialista en sociología de género y vida cotidiana, en las dos últimas generaciones –hablamos de los años cincuenta y los setenta– «ha habido un cambio positivo.
Vivimos mejor pero todavía no podemos hablar de igualdad real hombre-mujer. Hemos puesto todos nuestros esfuerzos en lograrla en el ámbito público, pero nos hemos olvidado de la esfera privada. Elegimos lo que queremos, somos mejores estudiantes, entramos en el mercado de trabajo, pero cuando vamos a vivir en pareja empiezan los problemas».
«Con la convivencia –comenta– el hombre, de repente, se olvida de la igualdad y repite los comportamientos que ha visto en su familia: el padre trabaja y la madre se ocupa de la casa y los hijos. Al principio, cuando la carga doméstica no es muy grande, aún pasa, pero en cuanto llegan los hijos, se destapa el conflicto.»
Vicky Martín Berrocal, 34 años, separada y madre de una niña, corrobora las palabras de la socióloga: «Es que parece que por el hecho de ser mujer, ya te tienes que ocupar de la casa, de los niños y de los mayores… En cuanto sabes que estás embarazada, ya te empiezas a sacrificar: dejo de fumar, de beber una copita, de salir… El padre de mi hija –el torero Manuel Díaz– es un excelente padre, y se preocupa si la niña está enferma, pero la que se pasa la noche sin dormir, la lleva al médico y se ocupa de todo soy yo. Mi prioridad es mi hija y su educación, y para eso necesitas tiempo. El sentimiento de culpabilidad que arrastramos las mujeres no lo arrastra ningún hombre. Vamos, todavía no he oído a ninguno decir: “Me siento culpable porque trabajo doce horas al día y llego a casa cuando mi hija duerme”.»
Montse Ribé vive en pareja con David Martí, con el cual también comparte días y horas de trabajo en el taller DDT de efectos especiales. Ambos ganaron el Oscar al mejor maquillaje por El laberinto del fauno. «David y yo lo compartimos todo, incluso las tareas domésticas.
Mientras él cocina, yo hago otras cosas. Ninguno de los chicos que conozco, amigos y familiares, es machista: en eso hemos avanzado mucho. Pero, generalizando, sí que parece que las mujeres tenemos asumido que los temas de familia son cosa nuestra. No sé qué pasará en mi caso el día que decida tener hijos.»
Y tú, ¿a qué renuncias?
Acceder al mercado laboral en igualdad de condiciones es todavía difícil. Si, inicialmente, todos tenemos los mismos derechos y obligaciones, lo cierto es que no siempre ocurre así. Y ser joven y mujer es un factor doble de discriminación.
María José Bertrán, 23 años, es licenciada en Publicidad y RRPP, y ha hecho un máster en Industria Musical. Trabaja en el departamento de promoción de una multinacional discográfica y su sueldo no llega a los mil euros al mes. Se lamenta de que «las mujeres cobran menos que los hombres por el mismo trabajo y muy pocas acceden a puestos de responsabilidad ». Vicky se indigna: «Es que tenemos que ser buenas en todo; buena madre, buena esposa, buena profesional… Es un sobreesfuerzo que agota.»
Natalia Puiggros, directora de la agencia de RRPP Comunications by Le Mod, interviene: «Las empresas están pensadas en clave masculina y somos nosotras las que nos tenemos que adaptar para conciliarlo con nuestra vida privada.» La periodista Alejandra Alloza, que nació en Barcelona pero por cuestiones laborales tuvo que irse a vivir a Madrid, también es de la misma opinión: «Yo no tengo hijos, pero tengo padres. No es fácil organizar tu trabajo cuando tienes que estar viajando a menudo para ver a tu familia.»
Beatriz García-Valdecasas está opositando para fiscal: «Si apruebo, sé que tendré un sueldo digno y podré, en el futuro, conciliar vida laboral y familia. Y como funcionaria podré hacer media jornada si quiero.» De momento, «vivo encerrada estudiando, y el día libre que tengo a la semana lo aprovecho para ver a mis amigos o dormir. Mis padres me dan una asignación semanal, pero a veces me da palo eso de tener 25 años y pedirles dinero, así que procuro gastar lo mínimo».
Autoexigencia y estrés
Nuestras madres no tuvieron tanto donde elegir, pero las estadísticas dicen que ahora tomamos más ansiolíticos y antidepresivos que ellas. ¿Nos perdemos en el intento de ser perfectas? Según nuestra socióloga, «el nivel de responsabilidad que se exige a la mujer es muy superior al que se exige al hombre. Ver el currículo de una consejera-delegada de una empresa impresiona mucho más que el de un hombre en el mismo cargo». Y luego están los hijos: «El buen padre basta que dedique el sábado a los niños y los lleve al parque; la buena madre tiene que estar pendiente de ellos las 24 horas y, si no puede, preocuparse de que alguien se ocupe de ellos.» Y después están los padres.
«Somos la generación sándwich, mujeres con hijos y padres mayores. Para llegar a todo nos olvidamos de nosotras.» Vicky comenta que «a mi abuela jamás la vi estresada, eso es verdad, y mira que tenía problemas. En su día a día, llevaba una vida muy normal: su compra, su marido, sus hijos… En cambio, nosotras trabajamos en casa y fuera. Nos dejamos la salud. Yo tuve una crisis de angustia en un avión y me tuvieron que dar un tranquilizante. El ritmo que llevamos es de auténtica locura, porque sales de casa y estás pensando en lo que has dejado organizado, y que tu hija está en el colegio y que no te vayan a llamar porque haya pasado algo… Ellos se pueden ir a tomar una cerveza con los compañeros de trabajo, nosotras, no».
Natalia piensa que «el nivel de autoexigencia en la mujer es tan alto que nos agobiamos». Ella solo contrata a mujeres en su empresa «porque tenemos una gran capacidad de trabajo, no sé si por nuestra carga de responsabilidad histórica».
Alejandra lo tiene claro: «Cada una tiene que buscar su propia fórmula para encontrar el equilibrio, porque el patrón estándar nos está haciendo papilla. El éxito está sobrevalorado, y no alcanzarlo nos angustia.» La socióloga Sara Moreno explica que la mujer acostumbra a relativizar la falta de éxito profesional: «Al final, suele desviar sus intereses hacia otros ámbitos, sobre todo, el de la maternidad. Muchas veces, ser madre tapa la frustración y sirve de cojín para paliar esa falta de éxito en nuestras aspiraciones laborales.»

http://www.woman.es/celebrities/protagonistas/mujeres-del-siglo-xxi

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Mujer y capitalismo: de la opresión a la liberación.

El origen de la opresión de las mujeres

Los marxistas revolucionarios se diferencian de todas las demás personas que defienden la liberación de las mujeres en un aspecto importante. Nosotros no creemos que la opresión de las mujeres sea algo que ha existido siempre, ya sea por causa de diferencias biológicas entre los sexos o por algo inherente a la mente masculina.1

Sostenemos que la opresión de las mujeres surgió en un punto particular de la historia, en el momento en que la sociedad comenzó a estar dividida en clases.2

En todas las sociedades de clases las mujeres están oprimidas; la evidencia sugiere que al menos en algunas sociedades pre-clasistas no existía tal opresión.

La razón por la que la opresión de las mujeres comienza con la división de la sociedad en clases es bastante simple. Las divisiones comenzaron una vez el avance de las fuerzas productivas permitió a los seres humanos producir un excedente superior a lo que era necesario para la subsistencia del conjunto de la sociedad. Este excedente no era suficiente para que todos pudieran vivir por encima del nivel de subsistencia, pero era suficiente para que algunos lo hicieran. Se hizo entonces posible un desarrollo adicional de las fuerzas productivas y con ello el crecimiento de la división entre una clase explotadora y una clase explotada.

Con el aumento del excedente llegó una creciente división del trabajo. Aquéllos que ocupaban ciertas posiciones en esta división del trabajo se convirtieron en los controladores del excedente, la primera clase explotadora.

En este momento, las diferencias biológicas entre hombres y mujeres tomaron una importancia que nunca habían tenido antes. Con la carga del cuidado de los hijos, las mujeres tendían a ser encauzadas hacia ciertos papeles productivos y quedaban fuera de otros, fuera de aquéllos que proporcionaban el acceso al excedente. Así, por ejemplo, cuando las sociedades pasaron del cultivo con azada, que puede ser realizado por mujeres a pesar de la carga del embarazo, al uso de pesados arados o a la crianza de ganado, se tendió a desplazar a las mujeres de los trabajos productivos clave y el excedente pasó a ser controlado por hombres.3

Allí donde se establecieron clases dominantes totalmente desarrolladas, los miembros femeninos de esta clase dominante tendían a jugar un papel subordinado, a ser tratadas virtualmente como posesiones de los dirigentes masculinos. Y exactamente la misma situación se impuso entre campesinos independientes y entre las familias artesanas: un hombre, el patriarca, controlaba la relación de la familia con el mundo exterior, y su mujer estaba tan subordinada a él como lo estaban los niños y sirvientes (la excepción confirma la regla: si una viuda tomaba el lugar de su esposo muerto, dominaba a todos los hombres y mujeres de la familia4; allí donde se crearon situaciones en las que el papel productivo jugado por las mujeres tendía a producir un excedente vendible, las mujeres tendían a desafiar ciertos aspectos de la familia patriarcal estereotipada).5

Así, en las sociedades precapitalistas, las mujeres de todas las clases estaban bajo la dominación de los hombres. Pero no de todos los hombres. Ciertos hombres estaban oprimidos también. Los esclavos masculinos de la antigüedad y los trabajadores masculinos de la familia patriarcal no tenían más libertad que las mujeres (incluso aunque algunos de los hombres de la familia patriarcal tuvieran esperanzas de escapar algún día de la servidumbre ocupando el lugar del patriarca.)

El desarrollo de las fuerzas productivas requiere determinadas relaciones de producción. La opresión de las mujeres es producto, en cada caso, de las relaciones entre estos dos factores. Esto tiene su base en la historia material de la sociedad.

Por supuesto, una vez las relaciones de producción condujeron a la opresión de las mujeres, se estableció su expresión ideológica. La inferioridad de las mujeres llegó a ser considerada como parte del orden natural de las cosas, y estaba respaldada por elaborados sistemas de pensamiento, rituales religiosos, promulgaciones legales, la mutilación del cuerpo femenino… Pero no puede comprenderse el origen de ninguna de estas cosas sin comprender sus orígenes en el desarrollo de las fuerzas y las relaciones de producción.

El capitalismo es la forma más revolucionaria de la sociedad de clases. Se apodera de las instituciones de las sociedades de clases previas y las reforma a su propia imagen. No se somete a sus jerarquías o a sus prejuicios. Más bien crea nueva jerarquías en oposición a las viejas, y transforma completamente los viejos prejuicios para usarlos en su interés por acumular.

Por lo tanto esto ocurre con todas las instituciones que se encuentran en el momento de su aparición (religiones organizadas, monarquías, castas hereditarias, sistemas de propiedad de la tierra, sistemas de pensamiento). El capitalismo da una alternativa clara a todo esto: o ser transformado en interés de la acumulación del capital o ser destruido.

El capitalismo no se mueve por el deseo de mantener a la familia (y con ella la opresión de las mujeres), más de lo que se mueve por la voluntad de propagar la religión, mantener las monarquías, fomentar pensamientos oscurantistas, etc. Tiene una sola fuerza impulsora: la explotación de los trabajadores para acumular. La familia, como la religión, la monarquía etc., es sólo de utilidad al capitalismo en tanto ayuda a su objetivo.

Por esto, la familia capitalista no es algo fijo, una entidad sin alteración. Como Marx y Engels apuntaron en el Manifiesto Comunista, el impulso de acumular significa una continua reforma de las instituciones que el capitalismo mismo ha creado:

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas, las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado de esfuma; todo lo sagrado es profanado…

Dejo el enlace por aquí para una mayor información de l@s interesad@s:

Mujer y capitalismo

Rajoy: “Muchas mujeres deciden cuidar hijos porque quieren y no trabajan tanto como un hombre”

El presidente del Gobierno ha explicado que mientras la pensión media de un hombre en España es de unos 1.500 euros, la de la mujer es de 1.100 euros. “Hay muchas mujeres que deciden, porque quieren, cuidar a sus hijos y por tanto no trabajan durante tanto tiempo como lo puede hacer un hombre”, ha explicado. De ahí, que haya decidido aumentar en 2016 un 5% la pensión a las mujeres con dos hijos y un 10% para las que hayan tenido tres.

Ver más en: http://www.20minutos.es/noticia/2461754/0/rajoy-mujeres/pensiones-bajas/cuidar-hijos/#xtor=AD-15&xts=467263

Escribo en negrita las palabras “porque quieren” para que reflexionéis vosotr@s mism@s sobre el tema.

No es cuestión de ideología política, no creo que un partido u otro te haga más o menos feminista, en cambio, es un problema social y cultural porque estoy segura de que ni el mismo Rajoy es consciente de lo que ha dicho realmente… Sin embargo, dirige el país y toma decisiones importantes sobre nuestra vida…

O sea, que la mujer al cuidar a sus hij@s no está trabajando por el mantenimiento del país y la sostenibilidad del mismo… y, además, decide cuidar a sus hijo@s porque quiere… mientras que el padre prefiere trabajar porque como ya alguien hace su parte del “otro trabajo” por él…

El señor Rajoy olvida que cuanto más trabaja el hombre fuera de casa más trabaja la mujer dentro de ella para complementar su falta… Y olvida que, sin el trabajo de ella, el hombre no podría trabajar tanto como quisiera, pues el trabajo asalariado no sería la única labor necesaria para su supervivencia y la de su familia.