Mujeres, empleo y pobreza en Argentina

En Argentina, las mujeres representan más de la mitad de la población. Según los datos del Instituto Nacional de Censos y Estadísticas[1] (INDEC) el 48% son varones y el 52% son mujeres.

Según los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, los datos correspondientes al tercer trimestre del año 2009 son los siguientes:

Indicador[2] Mujeres Varones
Tasa de Actividad 47,9 % 72,1%
Tasa de Empleo 43,1% 66,1%
Tasa de Desempleo 10,1% 8,3%

Los datos anteriores nos brindan un panorama de la desigual participación en el mercado de trabajo de las mujeres y varones en Argentina.

La tasa de empleo nos indica que del total de mujeres en edad de trabajar, menos de la mitad, el 43,1% de ellas se encuentra inserta en el mercado de trabajo remunerado. Por otro lado con la tasa de desempleo, podemos observar como del total de mujeres que buscan activamente trabajo, el diez por ciento no consigue empleo.

Frente a este panorama, es necesario reflexionar acerca de varias cuestiones y sobretodo en una economía como la Argentina que sufre cíclicamente crisis económicas. Por un lado, la pobreza tiene un impacto diferencial según el sexo. Si consideramos que las mujeres tienen más dificultades para encontrar un trabajo remunerado  y además tenemos en cuenta que sus salarios son más bajos que los de los hombres, nos encontramos con que los hogares con jefatura femenina son los que más rápidamente “caen” en la pobreza o la indigencia, siendo esta última la situación donde los ingresos no son suficientes para cubrir una canasta básica de alimentos. Esta situación se complejiza aún más si tenemos en cuenta que en Argentina los precios de los productos aumentan mes a mes. Esto implica que las mujeres, como mecanismos de ajuste, desarrollan diversas estrategias de sobrevivencia para sostener el hogar.

De cara a esto y con la retirada cada vez más marcada del estado en lo social, y con un despliegue de políticas sociales residuales y estigmatizantes por parte del mismo, en el país, se desarrollan una serie de estrategias que trascienden el ámbito familiar. Se multiplican los comedores populares, los roperos comunitarios, los clubes de trueque. Un dato interesante de tener en cuenta es que la mayoría de estas iniciativas son llevadas adelante por mujeres.

Esta participación de las mujeres en las iniciativas comunitarias vinculadas a necesidades como la alimentación o el vestido contrasta con la participación de las mismas en ámbitos comunitarios de gestión y toma de decisiones, como los centros vecinales. Por lo tanto, lo anterior es un ejemplo de cómo continúa vigente la división de espacios públicos y privados, lo que ocurre es que se resignifican los mismos. Las mujeres de los sectores populares participa de la vida comunitaria pero mayoritariamente en actividades que son una continuación del trabajo desarrollado en el ámbito privado: es una continuación del trabajo reproductivo no remunerado.

Trabajo minimizado, invisibilizado, y cada vez más flexibilizado: realizar más actividades, satisfacer más necesidades con menos dinero. Trabajo que puede definirse como “el cuidado del mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, así como el cuidado de los cuerpos, la educación, la formación, el mantenimiento de las relaciones sociales y el apoyo de psicológico a los miembros de las familia[3]”. (Picchio, 2001). Esta definición nos indica la importancia de dicho trabajo para la sostenibilidad de la vida del conjunto de la población.


[1] http://www.indec.gov.ar

[2] Este organismo considera como población en edad de trabajar a las personas mayores de 14 años.

[3][3] PICCHIO, Antonella. Un enfoque macroeconómico “ampliado” de las condiciones de vida. Taller Internacional de Cuentas Nacionales en Salud y Género. 18 y 19 de octubre 2001 en Santiago de Chile. Santiago de Chile. OPS/OMS-FONASA.

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¿De qué hablamos cuando hablamos de necesidades?

“La necesidad también es un instrumento político,

meticulosamente preparado, calculado y usado”

Michel Foucault, Vigilar y Castigar

Un rasgo característico del estado de bienestar es la intervención estatal  para que los ciudadanos y ciudadanas estén asegurados frente a los riesgos sociales. Es posible manifestar entonces, que el estado persigue ser el garante de la satisfacción de las necesidades de la población.

En relación a lo anterior las inquietudes que motivan esta nota son ¿Cómo se entiende a las necesidades? y ¿Quién define las necesidades?  Estos interrogantes remiten a la idea de que la definición de necesidades no es un hecho dado, inmutable y universal sino que lo que se considera como necesidades en una sociedad dada varía según distintas variables: el momento histórico, la cultura, el género, la clase social, la edad, etc.

Existen diversas maneras de definir a las necesidades. Considero pertinente  la definición que plantea el economista chileno Manfred Max Neef quien propone pensar a las necesidades como carencia y como potencialidad: “en la medida en que las necesidades comprometen, motivan y movilizan a las personas son también potencialidad” (MaxNeef, 1994). Este autor propone la siguiente taxonomía de las necesidades: teniendo en cuenta las categorías existenciales nos encontramos con necesidades vinculadas al ser, tener, hacer y estar. Considerando las necesidades según categorías axiológicas tenemos las necesidades de subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Creo que esta propuesta en primer lugar, amplía la concepción de las necesidades como algo negativo, como sinónimo de carencia, de falta y permite pensarlas como factores que movilizan, que comprometen, donde las personas no son seres pasivos sino agentes sociales. Por otro lado, la taxonomía propuesta enriquece las tradicionales clasificaciones de necesidades: materiales y no materiales, necesidades básicas, necesidades sentidas, etc.

En la actualidad y en el marco del sistema capitalista, las necesidades muchas veces se reducen a las correspondientes a la categoría del tener y cuando pensamos en los riesgos sociales que el estado intenta asegurar, éstos se reducen a las necesidades de subsistencia. De ahí que en mi opinión, la matriz de necesidades de MaxNeef se vincula con el concepto propuesto por las economistas feministas de sostenibilidad de la vida humana. Sostenibilidad de la vida humana que no implica solamente la satisfacción de las necesidades vinculadas con la subsistencia, sino que “requiere de recursos materiales, pero también de contextos y relaciones de cuidado y afecto” (Carrasco, 2009). Por lo tanto, si el estado se erige como garante de la satisfacción de las necesidades humanas debería responsabilizarse, por ejemplo, de los cuidados de los y las ciudadanas, tarea ejercida mayoritariamente por mujeres, y configurándose como una actividad invisibilizada, devaluada y no reconocida.

Lo anterior se relaciona con el segundo interrogante que planteé al inicio y que es ¿quiénes definen las necesidades? ¿Quién decide que determinada cuestión sea una necesidad o no?

La filósofa feminista Nancy Fraser postula que la política de las necesidades comprende tres momentos: la lucha por establecer o negar el estatuto público de una necesidad dada, es decir por validarla como asunto de legítima preocupación política; la lucha por la interpretación de la necesidad: por definirla y así determinar con que satisfacerla; y la lucha por la satisfacción de la necesidad. Así, para la autora la satisfacción de una necesidad determinada es solo un aspecto de la política de interpretación de las necesidades. De ahí que para ella “el discurso de las necesidades se presenta como un espacio de contienda, donde los grupos con recursos desiguales compiten por  establecer como hegemónicas sus interpretaciones respectivas sobre lo que son legítimas necesidades sociales.”(Fraser, 1991)

Es posible pensar al movimiento feminista como un actor en esta contienda, dado que a lo largo de la historia ha perseguido que determinadas necesidades de las mujeres, tradicionalmente consideradas como parte de la esfera privada de la vida,  pasen a formar parte de la agenda política y a ser materia de intervención estatal. Ejemplos de lo anterior son los temas vinculados a la salud sexual y reproductiva, al aborto, a la violencia de género y actualmente a los cuidados. De esta manera, es posible identificar con claridad como la política de interpretación de necesidades es básicamente una cuestión de poder, de lucha, donde frente a las interpretaciones de los grupos dominantes existen otros actores que buscan legitimar interpretaciones alternativas de las necesidades.

Para concluir, considero oportuno destacar que cuando hablamos de necesidades nos estamos refiriendo a los derechos de las personas frente a lo cual el estado tiene la obligación de respetarlos, protegerlos y garantizarlos.

Bibliografía:

CARRASCO, Cristina (2009). Mujeres, sostenibilidad y deuda social. Revista de educación número extraordinario.

FRASER, Nancy (1991). La lucha por las necesidades. Esbozo de una teoría crítica, socialista-feminista de la cultura política del capitalismo tardío.” En debates feministas, año 2, volumen 3. México.

MAX NEEF, Manfred (1994). Desarrollo a escala humana. Conceptos, aplicaciones y algunas reflexiones. Icaria. Barcelona.