La solución está en las mujeres

En las últimas semanas el debate acerca del retraso en la edad de la jubilación está copando los espacios informativos en televisión, radio y prensa, sin mencionar que es el tema principal de la conversación de un sector mayoritario de los españoles y españolas a los que les afectaría, directa o indirectamente, este hecho.

Para intentar paliar esta “medida” frente a la crisis, los sindicatos proponen una alternativa en la que las mujeres somos las protagonistas. Se expone que con el incremento de la tasa de actividad femenina en un punto cada año, la garantía de las pensiones estaría asegurada.

Si la mayor parte de los trabajadores activos son hombres, serían ellos los que padecieran ese retraso de la jubilación en mayor proporción, en caso de que esa medida llegara a implantarse. Si la mejor solución fuera que sus mujeres empezaran a trabajar en la esfera pública, a ganar dinero, a tener cierta independencia económica, etc., ¿lo aceptarían?

Es hora de que todas aquellas mujeres que lo deseen salgan del ámbito doméstico y se incorporen, de tú a tú, al mundo laboral, en igualdad de condiciones y salario. Hace mucho tiempo, que se decidió que la mujer debía estar confinada al hogar y a sus hijos, mientras que los hombres se erigían como sustentadores de la familia. En mi opinión, ya ha llegado la hora de que los papeles se inviertan o, al menos, se equiparen.

Las mujeres somos necesarias, no solo para salir de la crisis en la que estamos inmersos, sino también para contribuir a un cambio social necesario, para romper con los esquemas y roles tradicionales. Basta ya de príncipes que salvan a doncellas, de dictaduras domésticas y de la asunción de un segundo plano de forma permanente en todos los ámbitos de la vida.

La solución pasa por las mujeres. No se puede avanzar, sin contar con más de la mitad de la población. Los hombres y las mujeres deben luchar en el mismo bando, siendo un grupo compacto y sólido, en pos de unos intereses y unos objetivos comunes. Esa es la única forma de mejorar, de romper con imposiciones vacías de contenido y de dejar atrás la lacra de una inferioridad biológica imaginaria, pero asumida de forma social.

Para hacer que una lámpara esté siempre encendida, no debemos dejar de ponerle aceite” (La Madre Teresa de Calcuta). Todas las mujeres, ya seamos niñas, adolescentes, adultas o ancianas, debemos estar unidas para que la llama que nos guía hacia una sociedad igualitaria de pleno derecho, no se apague nunca y llegue el día en que esa sociedad se haga realidad.

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La guerra que cambió a las mujeres

Transcurría el año 1937. España pasaba por un momento de cambio, crisis, desesperación e incertidumbre. Los hombres muertos en batallas, fusilamientos o en cárceles se contaban por miles. Otros tantos se vieron obligados a emigrar a otros países por defender sus ideales políticos.

Uno de esos hombres fue mi bisabuelo, un republicano acérrimo que huyó a Francia por el temor a ser fusilado, dejando atrás a su mujer e hija. De pronto, mi bisabuela se vio sin trabajo, sin apenas dinero y sin ingresos, con una hija de 7 años. Ella, como muchas mujeres de la época, se dedicaba a mantener la casa y no trabajaba fuera de ella, entre otros motivos porque su marido no lo aprobaba.

En lugar de llorar y lamentarse por su suerte, se puso a trabajar en una pequeña parcela que había heredado por parte de un tío suyo algunos años antes y que estaba bastante descuidada. Sin apenas conocimientos de agricultura, construyó una huerta en la que sembrar alimentos básicos que sirvieran de subsistencia durante todo el año, como patatas, cebollas o tomates. Aprendió a hacer carbón y compró un par de cerdos, unas cuantas gallinas y un burro (que más tarde le fue confiscado por las tropas) con los pocos ahorros de que disponía.

Los tres meses de invierno, se marchaba a algún pueblo vecino para trabajar elaborando embutidos. El dinero que cobraba durante este tiempo, le servía, entre otras cosas, para mantener a su hija, para comprar harina con la que hacer pan y venderlo, comida para los animales, etc. Todo esto, bajo el temor constante de que la guardia civil, en uno de los numerosos registros que llevaban a cabo en su casa, le requisaran las escasas pertenencias de valor que poseía.

Fue valiente, recorrió un camino lleno de obstáculos, luchó por su independencia económica y sobrevivió en tiempos difíciles, pasando, en ocasiones, hambre y mucho miedo, sobre todo a que el bando nacionalista tomara alguna represalia contra ella o su hija por ser la esposa de un republicano.

Ella, hace casi ochenta años, comprendió que podía desempeñar los mismos trabajos que un hombre. Ella luchó por su hija, sola, en un tiempo en que las mujeres hacían lo que los hombres les ordenaban o les permitían.

Ya lo dijo Simone de Beauvoir: “Mediante el trabajo ha sido como la mujer ha podido franquear la distancia que la separa del hombre. El trabajo es lo único que puede garantizarle una libertad completa”. Y mi bisabuela la consiguió.

Ésta fue la vida de una mujer y a la vez de tantas otras, que han pasado a la historia como seres anónimos, que desde la sombra, ayudaron a levantar un país destruido por las bombas de unos hombres que nunca las tuvieran en cuenta. Ellas, lucharon sin armas por salir adelante, trabajando para lograr unos derechos que les han sido negados, de forma constante, durante demasiado tiempo.