LAS MUJERES INMIGRANTES Y EL TRABAJO DOMÉSTICO


En un periodo muy breve de tiempo España ha pasado de ser un país  emisor  de  emigrantes para convertirse en receptor de inmigrantes. Este proceso de cambio se ha ido produciendo de forma paulatina, pero no por ello ha dejado de ser significativo. Según el Instituto Nacional de Estadística, la población extranjera censada en 1981 era tan sólo del  0.52%, dato que contrasta con el 12% del año 2009.

En relación al sexo, hay más hombres censados (53,40%) que mujeres (46,60%). Pero esta proporción varía dependiendo del país de origen, por ejemplo en los países sudamericanos, centroamericanos y europeos el porcentaje de mujeres inmigrantes tiene una mayor relevancia  que el de los hombres.

Para la gran parte de la sociedad, la población inmigrante, que no extranjera,  es originaria de “países pobres”, por lo que la  cualificación que  poseen  es escasa o nula; motivo por el cual se considera que son ell@s l@s que deben ocupar los puestos de trabajo que el resto de la ciudadanía rechaza en tiempos de solvencia económica. Y… ¿cuales son esos empleos? Pues aquellos que se consideran como parte del mercado de trabajo secundario, que no proporcionan estabilidad ni prestigio social al trabajador y que tienen una alta incidencia dentro de la economía sumergida. Como ejemplo citaré el servicio doméstico.

La inmigración femenina es muy demandada para realizar las tareas del hogar o para el cuidado de los más jóvenes y/o de los más mayores de las familias, principalmente por los estereotipos que tenemos formados sobre este colectivo. Que carecen de formación académica, de aspiraciones laborales, que dan un trato muy amable  o que se encuentran solas en España, tan sólo son algunos de ellos.

Además de no proporcionar estabilidad laboral, ni prestigio social, este empleo ofrece  una menor garantía social , es decir, las coberturas por enfermedad, para la pensiones y para los días libres o de vacaciones son inferiores  a las que se pueden obtener por otro Régimen de Seguridad Social (se tienen que dar de alta como autónomas). Otro de los problemas  al que se deben enfrentar  las empleadas de hogar es a la invisibilidad laboral y social a la que están expuestas, debido a la localización privada del trabajo. Esta invisibilidad es aún más preocupante en el caso de las “internas” porque la trabajadora va perdiendo progresivamente sus redes sociales, pero los contratantes no  ven  esta situación como un hándicap sino como beneficiosa   porque se deja de pagar alojamiento y manutención.

Todos estos pesares se incrementan para las mujeres inmigrantes que se encuentra de forma irregular en el país, porque, en estas circunstancias, es el empleador el que decide comenzar a tramitar la regularización o no.

El trabajo doméstico sigue siendo visto como un yacimiento de empleo específico del género femenino.

La inserción laboral para la mujer inmigrante  como factor fundamental para su autonómía personal.Rocíoi Ballesteros; Sylvia Koniecki; Joaquín Valderrama. Granada Acoge.

http://es.wikipedia.org

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CUIDADORAS


Históricamente las mujeres se han visto obligadas a asumir todas aquellas tareas que implicaban algún tipo de cuidado, como asistir  a la familia y al hogar, además de ocuparse de otras labores fuera de la casa. Hemos sido cuidadoras porque la sociedad patriarcal, de la que formábamos parte, sostenía que era lo único para lo que estábamos capacitadas, porque no estábamos dotadas con la inteligencia necesaria para desempeñar oficios más complejos, por ejemplo los  relacionados con la política o las artes.

Después de  los grandes cambios y transformaciones  que  ha sufrido el contexto social, actualmente las mujeres siguen siendo las cuidadoras, con  un porcentaje bastante más significativo (65% aproximadamente) que el de los hombres.

Las personas dependientes necesitan de unos determinados recursos para poder estar asistidos, pero normalmente estos no son proporcionados,  o al menos no en sus totalidad, por el Estado, por lo que es la familia, principalmente las mujeres que la componen, la que se encarga de suplir esta carencia.

Las cuidadoras se ven forzadas, en la mayoría de los casos, a abandonar el empleo o  a reducir la jornada laboral; en el caso de que esta situación de dependencia se haya producido después de haber podido acceder al mercado de trabajo, porque en ocasiones ni siquiera han tenido posibilidades de incorporarse.

Esta situación crea, generalmente, un empobrecimiento económico global de la familia, y, en  particular, de la cuidadora que puede verse obligada a tener que depender de otro miembro de la familia que la mantenga o de las políticas asistenciales. Impotencia, desesperación, frustración, angustia…son algunos de los sentimientos que sienten  estas personas al enfrentarse cada día a las circunstancias que las rodean.

A las dificultades  económicas tenemos que sumarles los problemas psicológicos, como el estrés o la ansiedad, y sociales, como la ausencia de redes,  que se derivan directamente de esta realidad.

Debemos ser conscientes de  que estamos privando a las cuidadoras de un derecho constitucional (artículo 9.2 de la Constitución Española), la igualdad de oportunidades.

A pesar de  todas las contrariedades que supone este “trabajo” la sociedad no lo valora suficiente incluso sabiendo que supone un gran ahorro en gasto social para las políticas públicas.

Martínez Román, María Asunción. La quiebra del principio de igualdad de oportunidades en las mujeres cuidadoras de personas con dependencia. Ábaco, revista de Culltura y Ciencias Sociales; nº 49-50