“Mi tío Paco. Mi tía Inés” (Relato corto): Desigualdad de género en el mercado laboral.

COMENTARIO PREVIO

Entender los patrones de género en salud y enfermedad laboral requiere un análisis desde la perspectiva de género de la situación laboral de hombres y mujeres en el trabajo de mercado, de la asignación y reparto de los roles en el trabajo familiar, y de las condiciones particulares de la clase social de la que se hable. Cuando se realiza este tipo de análisis acerca de las desigualdades de género en las condiciones de trabajo de mercado y la conciliación de esta vida laboral con la familiar, se comprueba que esas diferencias guardan relación directa y se traducen también en diferentes problemas de salud laboral de hombres y mujeres. A su vez, esas diferencias en salud laboral cuando se habla del ámbito doméstico derivan de la persistencia del tradicional “reparto” de papeles. A grandes pinceladas, y por mencionar algunas de esas diferencias, las mujeres trabajaban más a menudo en precario, con intensa carga laboral y baja remuneración, sufriendo a veces acoso y a menudo discriminación, incluyendo en ella a las trabajadoras no manuales, derivando esa actitud para con ellas en mayor exposición al riesgo psicosocial. Por su parte los hombres trabajaban más a turno, sometidos a ruidos intensos, con gran esfuerzo físico y sufriendo más accidentes de trabajo por una mayor exposición (que es real) y por su especial “temperamento” que les hace minusvalorar riesgos (por malentendida “hombría”, asunto sobre el que habría que actuar). En conclusión, en España hay importantes desigualdades de género en las condiciones de trabajo, así como en los problemas de salud relacionados con el trabajo en la población ocupada en el trabajo de mercado, en la ocupada en el doméstico y en la ocupada en ambos, diferencias que se ven influenciadas además por la clase social o el sector de actividad de la empresa de las que se estudie. Por tanto, y desde el punto de vista de la intervención, resulta imperativo fomentar políticas contra la discriminación de las mujeres, políticas en materia de prevención y promoción de la salud laboral, y, para ellos, educar en materia de «masculinidad» para evitar en los hombres los irresponsables comportamientos de riesgo.

“Mi tío Paco. Mi tía Inés” (Relato corto)

Dedicado a las mujeres que regalan su vida cada día sin esperar a cambio ningún regalo de la vida.

Voy a casa de mi tío Paco a pasar la tarde con él pues ayer enterró a su mujer y le imagino muy necesitado de compañía. Mi tío Paco es un tipo campechano y simpático. Regordete, rechoncho diría, y tirando a bajito. Su cara de luna llena es puro tocinillo, su nariz un botón de abrigo, sus mofletes dos almohadillas, su espesa y recia cabellera parece decerdas de jabalí, sus finas orejillas dos veletas libres al viento, y sus ojillos dos guardianes en la retaguardia de sus gruesas lentes que los muestran, sin embargo, grandes como los de un sapo. Sus modales resultan manifiestamente mejorables, pero ya es tarde para cambiar eso. Así es mi tío. Bueno, así, y siempre sentado en su inseparable sillón de orejas y ataviado permanentemente con su uniforme de ferroviario, gorra incluida. El uno (mi tío) y el otro (su sillón)viven en perfecta simbiosis, el de ellos es un idilio sin fin, y me pregunto qué sería de cada uno sin el otro. Siempre de buen humor, tiene mucha gracia contando chistes. Recuerdo contenerme las carcajadas cuando los contaba porque eso parecía ofender a mi tía, muy seria ella. Mi tío Paco se prejubiló hace diez años y desde entonces no hace absolutamente nada. Él fue,ya lo sabes,ferroviario durante siete lustros. Trabajó como jefe de sí mismo y responsable del paso a nivel con barreras de Zarcillo de los Puentes, pequeña aldea murciana, controlando los dos pasos diarios del tren Roncal – Villasola a las once y cuarto de la mañana, y  el Villasola – Roncal a las cuatro y media de la tarde. Un trabajo que, según cuenta, requería una altísima cualificación y que ejerció durante todo ese tiempo sin recibir reproche alguno. Para poder realizarlo con eficacia, pasaba infinidad de horas dormido en la pequeña casa que la Renfe había construido junto a la vía, para encontrarse —cuando llegase la hora de paso de uno y otro tren (el mismo a la ida y a la vuelta) — en perfecto estado de vigilia. Siempre fue un despertador el regalo que más agradeció tanto en su onomástica como en Navidad: lo consideraba una herramienta fundamental para su actividad profesional. A pesar del altísimo riesgo profesional que —según él—comportaba su trabajo, tanto en lo referente a la exposición a accidentes físicos al paso de la maquinaria, como a los disturbios de orden psicológico a consecuencia del peso de la responsabilidad, jamás tuvo percance ni enfermedad alguna, y jamás en todos esos años faltó a su cita con la manivela que accionaba la barrera. ¡Un gran profesional! No como su mujer, la tía Inés, a quien a pesar de no haber desatendido nunca sus obligaciones siempre le ocurría algo: ¡lo que es ser descuidada!

Mi tía Inés tenía la cara ajada, la piel de cera surcada por infinidad de arrugas que no sé si denotaban un carácter agriado, desencanto por la vida o simple vejez prematura —apenas tenía sesenta y tres años—. Una pena, porque tenía un óvalo de cara muy bonito. Recogía su pelo entrecano en un moño. Era delgada y muy menudita. Llamaban poderosamente la atención sus manos. A pesar de los estragos del tiempo y el trabajo, se ve que fueron unas bonitas manos de mujer. Ahora sus largos y delgados dedos se mostraban retorcidos, callosos, y los prominentes nudillos remedaban las cuentas de un rosario. Vestía siempre de negro y apenas se adornaba con su única joya, los sencillos pendientes de oro que su madre le legó a su muerte, y que jamás se quitaba —como tampoco retiró nunca el luto a su madre a pesar de los doce años transcurridos; nunca dejó de reprocharse a sí misma no haberle escuchado cuando le decía que ese hombre no le convenía, que ni siquiera la quería—. Y sus ojos. Sus ojos no tenían vida, la mirada vidriosa no podía producir otra cosa que lástima y conmiseración. Ni te miraban ni podías mirarlos. Jamás la vi sonreír. Mi tía, aparte de las labores de la casa —de las que se hacía cargo en exclusiva, a pesar de que mi tío decía ser un gran cocinero y un “manitas”, si bien nunca le vi hacer absolutamente nada que no fuera apremiar a mi tía desde su sillón: «Inesita…, ¿qué pasa con ese café?»—, trabajó hasta el mismo día de su muerte (por el colapso de su cansado corazón) como operaria en una cadena de selección de fruta, como tantas otras mujeres de Zarcillo, para reforzar los ingresos de la casa, pues decían que el sueldo primero, y la pensión después, del tío Paco iban muy justos, cosa que nunca entendí porque para el estilo de vida de los dos alcanzaba bien. Mi tía, no obstante, nunca quiso dejar de trabajar aunque fuera sólo en la temporada de recogida. Nunca lo he entendí, ya lo he dicho, y cuando preguntaba a mi tío por ello no sabía explicarme la obsesión de su mujer por el trabajo. El caso es que tras cada temporada sus manos terminaban en un lastimoso estado, agrietadas, entumecidas, inflamadas, encallecidas. Su espalda, tras interminables jornadas de pie, no le producía más que tormento, y, por las mismas, el sufrimiento que le producía el estado de sus pies sólo ella podría describirlo. Sin embargo jamás se quejó. El trabajo era de una monotonía desesperante, y por más experiencia que se tuviese en él no permitía el más mínimo instante de distracción. Las operarias no podían comunicarse entre ellas por ese motivo, y para asegurarse de ello, el jefe controlaba todo estrechamente, a veces “demasiado estrechamente”, cuando se trataba de vigilar a las muchachas más jóvenes.

Mi tía fue mi madrina de bautizo y es por ella por quien también yo llevo ese nombre. Ayer me acerqué al pueblo desde la capital, donde estoy terminando mi carrera de piano, con motivo de su funeral. He asistido a la misa y me he acercado al cementerio para acompañar a mi tío en estos momentos. No sentía especial aprecio por ella —siempre la sentí como un obstáculo en mi relación con mi divertido tío con quien me lo pasaba muy bien—, pero no tenía ninguna excusa consistente con que justificar mi ausencia. Tenía previsto volver mañana a casa, pero he cambiado de planes: regresaré hoy mismo porque me he llevado un gran disgusto, una enorme decepción.

Estoy desencajada, no puedo dar crédito a lo que he visto. Cuando llegaba a casa de mis tíos he encontrado junto al contenedor de la basura la máquina de coser de mi tía Inés, su modesta butaca y, agrupados junto a ellos grandes bolsas que parecen contener su ropa y algunos objetos de uso cotidiano. Y en medio de todo eso una caja de zapatos cuyo contenido no me he podido resistir a explorar. Contenía cartas, fotografías, alguna carpeta con informes médicos… Indignada he entrado en casa de mi tío —la puerta siempre está abierta— para pedirle explicaciones, pero se me ha paralizado la lengua al ver que en el lugar que ocupaba la butaca de mi tía estaba instalando en ese momento un nuevo televisor que ha comprado hoy mismo —¡quiera Dios que no me entere nunca de que lo ha cambiado por los pendientes de mi tía!—, y donde estaba la máquina de coser ha colocado su “banco de trabajo” de bricolaje (que jamás ha utilizado, ni seguramente piensa utilizar). Nada hay a la vista que la recuerde a ella. Cuando me ha visto, me ha dedicado su sonrisa bobalicona y sin mediar otro saludo me ha dicho: « ¿Me harías un café, Inesita?» La frase, tantas veces oída a lo largo de los años, ha tronado en mis oídos y ha desatado mi ira hasta tal punto que, apretando la caja de mi tía contra mi pecho, le he mirado entre asqueada y furibunda, y sin mediar palabra he salido de la casa con intención de no volver jamás.

Han pasado tres semanas. Llueve afuera en esta triste tarde de domingo. Por fin me he decidido a revisar el contenido de la caja. ¡Dios mío, tía Inés! Jamás dejaré de reprocharme no haberme acercado a ti; espero que el recuerdo de lo que ahora siento no me atormente el resto de mis días. He encontrado el retrato de una preciosa muchacha, tu retrato tía, con los ojos llenos de vida, con expresión seria y serena, y con ese óvalo de cara tan hermoso. En otra aparecéis tú y dos amigas, tres mocitas arregladas con sencillos y humildes vestidos, seguramente cortados con todo el cariño del mundo por vuestras madres, con vuestro pelo recogido bajo un pañuelo estampado que hace de cintillo, en lo que parece sean las fiestas del pueblo. Una de ellas, la que se encuentra en medio de las otras dos, tú tía Inés, se muestra sonriente y prendida de los brazos de las que la flanquean dejando colgar unas hermosísimas manos de joven mujer, las más hermosas manos que nunca he visto. He encontrado, también, tía, una nota en papel muy avejentado dirigida a doña María, tu madre, firmada por un tal don Damián que se identifica como profesor y director de la escuela del pueblo, hablándole de ti, apenas una niña, y haciéndole saber de tu talento para la música y de la pasión que sentías por ella, para solicitarle permiso para tu traslado a un internado en la capital donde poder compaginar tus estudios con los de música en el conservatorio de la ciudad. Puedo imaginar la respuesta de doña María negándose por el temor propio de las madres de aquella época y, por qué no decirlo también, para retenerte junto a sí para disponer de tu ayuda. Y puedo imaginar también tu decepción. He encontrado también varios informes de don Jesús, el médico del pueblo de toda la vida, en los que refleja el tremendo quebranto físico que las interminables jornadas de trabajo dentro y fuera de casa han producido en tu frágil cuerpo —deformidades articulares en las manos, líneas de fractura mal curadas en sus dedos, fracturas de estrés mecánico, artrosis, aplastamientos vertebrales, dilatación de su agotado corazón—, y en tu mente atormentada —neurastenia, depresión, agotamiento mental—. Todo ello me ha hecho recordar al instante, para compararlas, la vida de trabajo de tu marido, el simpático tío Paco, el hombre al que te acercaste simplemente porque te hacía reír, el hombre del que tu madre te repetía una y otra vez machaconamente debías de alejarte, que no te convenía, el hombre que te hizo tan infeliz. ¡Ay tía Inés! He encontrado también tu diario. Lo he leído a salto de mata. Te sabes enferma por exceso de trabajo y por falta de ilusión por la vida, te das por enterada de lo que te dice don Jesús pero confiesas no tener la menor intención de hacer nada al respecto. ¿Por qué tía Inés, por qué? Ha sido entonces cuando he encontrado la explicación en algo que me ha partido el alma. Sí tía Inés, ya sabes a qué me refiero, la carta de mi madre, esa carta fechada hace un par de años en la que te agradece de corazón los enormes esfuerzos que, a costa de tu salud — ¡quién sino tú misma iba a decirte que a costa de tu propia vida!— estabas haciendo para costear mis estudios de piano en cumplimiento de la promesa que le hiciste como madrina, inmediatamente después de mi bautizo: «Hermana, te juro por lo más sagrado, por mi propia vida si es necesario, que si esta niña tiene algún talento especial, yo me encargaré de que no se eche a perder.» Y cumpliste tía, ¡vaya si lo hiciste!

Ahora me quedará para siempre la pena de no haber disfrutado de ti, de tu inmenso mundo interior, de tu sabiduría oculta, de tu serenidad y calma, de tu gran corazón. Me entristece saber que nunca podré tocar para ti aunque siempre te recordaré cada vez que pulse la tecla marcando la nota de inicio de cada pieza. Nunca me escucharás tocar tía Inés— ¿o sí?, allá donde estés. ¿Quién lo sabe?—, sin embargo sé que como mujer trabajadora incansable volverías a hacerlo otra vez aun a sabiendas de cual habría de ser su final.

Años después:

«Querida tía Inés: hoy será mi última entrada. No me dan más que unos días de viday, lamentablemente, creo que esta vez no se equivocan. Este pertinaz cáncer al que no he prestado la atención debida y que tanto me ha torturado se ha hecho definitivamente conmigo y no parece haber dejado plaza por conquistar. Ya no me quedan energías para combatirlo y por fin me siento preparada para lo que tenga que ser. De ti aprendí a luchar, tarde, pero aprendí.Apenas me quedan fuerzas para tomar la pluma en mi mano y escribirte las últimas líneas, como siempre, para darte las gracias. Después de aquella lluviosa y lejana tarde de domingo, lo sabes bien, no he faltado un solo día a mi cita contigo en este diarioque abrí aquel mismo día; ni siquiera he faltado cuando mis compromisos profesionales no me daban un respiro. Te lo he contado todo. Juntas —tu recuerdo tía y yo— hemos recorrido el mundo, juntas hemos dado conciertos aquí y allá, juntas hemos triunfado, juntas hemos disfrutado y sufrido. Nunca hemos dejado de trabajar descuidando nuestra salud, y eso nos ha llevado al mismo final. Por medio de este diario lohas sabido absolutamente todo de mí. Yo apenas supe nada de ti, pero fue más que suficiente. Cada vez que he mirado tu fotografía, tan parecidas como somos, siempre me he preguntado cómo hubiera sonado mi piano en tus preciosas manos. Me he preguntado también tía, infinidad de veces,si sabiendo como sabes que tu vida hubiera sido completamente diferente en caso de haber nacido hombre, hubieras preferido serlo. ¿Sabes? Estoy segura de que tu respuesta, por mil veces que te lo hubieran preguntado, siempre habría sido la misma: No, no y no. Tampoco yo…, también en eso somos iguales. Pero yo tuve la inmensa suerte de tenerte a ti, a ti que me regalaste la vida que tú quisiste vivir, y con ese regalo me has hecho inmensamente feliz. Una vez más gracias tía, gracias por regalarme tu vida. Un beso,uno más, el último. ¿Nos veremos? Así lo espero tía Inés»

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Las políticas de conciliación: políticas laborales versus políticas de tiempo.

Desigualdades de género en los mercados de trabajo.

Las políticas de conciliación: políticas laborales vs políticas de tiempo.

La  mujer tiene el problema de ser y hacer de madre y ama de casa, mientras que el hombre es padre pero no ejerce de tal y mucho menos de amo de casa, lo que le permite disponer de más tiempo y, como consecuencia, ocupar los mejores puestos y cobrar mayores salarios. Las madres trabajadoras se ven obligadas a recurrir a la doble jornada, a la contratación de sustitutas en el hogar o a la ayuda de la familia. Para resolver este conflicto surgieron las políticas de conciliación de la vida laboral y familiar que, lamentablemente, se han mostrado poco eficaces. Cabe entonces preguntarse por qué, ¿cuáles son las razones de la falta de eficiencia de esas medidas?  Y podrían apuntarse algunas, a la vista de los datos ofrecidos en el artículo cuya lectura se nos ha propuesto:

  • Porque esas propuestas ven en la conciliación que pretenden promover un obstáculo a la producción y no un factor de bienestar social: no se cuestiona la jornada laboral sino cómo extraer de ella el tiempo para los cuidados.
  • Porque los hombres no se acogen a los permisos y excedencias para cuidados —por efecto del factor cultural—. Esta bienintencionada medida tiene el efecto perverso de alejar a la mujer del mercado y hacerle perder oportunidades. Además el ejercicio de los derechos de conciliación pueden tener un coste adicional en forma de “represalias” encubiertas (modificación de las condiciones de trabajo) o manifiestas (despido). Se entiende que muchas trabajadoras renuncien a ejercer sus derechos y a retrasar la edad de la maternidad.
  • Porque el empresario tiene mucho margen en la aplicación de las medidas legales en relación a la negociación sobre la flexibilización de la jornada, por lo que muchas mujeres prefieren la reducción de jornada — con la consecuente reducción salarial— a un mal acuerdo.

Consecuentemente las políticas de conciliación no pueden ceñirse al apoyo del empleo femenino, sino que deben comprometer a los hombres en el trabajo doméstico. En tal sentido no deben entenderse como políticas de apoyo a la familia —lo que permitiría que el hombre aprovechara los permisos que le correspondiesen para ampliar fraudulentamente su tiempo de mercado en forma de pluriempleo—, sino como normas de aplicación individual en defensa del derecho de una vida privada al margen de la dedicada al trabajo productivo — obligar a las mujeres a elegir entre la maternidad y la carrera profesional supone una clara vulneración de sus derechos—. También deben incluir la provisión de servicios públicos de cuidados que, no obstante, no deben sustituir el tiempo compartido con la familia.

Mientras no se produzca una acción política firme, las estrategias propuestas de conciliación —reducción y flexibilidad de jornadas, servicios públicos de cuidados, racionalización de horarios, protección de la natalidad, permisos amplios y exclusivos para hombres y mujeres, corresponsabilidad, etc. — en defensa del bienestar social por encima de los intereses económicos, dejarán de ser papel mojado.

“Mi bicicleta” (Relato corto)

Yo tengo una bicicleta. Muy bonita, por cierto. La escogí a mi gusto de entre muchas otras que pude ver en el expositor. Es una bicicleta de paseo, de color verde agua, de llamativas rueda de color vainilla y una cesta de mimbre delante del manillar para colocar mis cosas. Tiene cierto aire “retro”: hasta tiene aquellas antiguas redecillas que cubrían la rueda trasera para impedir que en sus radios quedaran atrapadas las faldas. Es una bicicleta para gozar del sol, el aire en la cara, la sensación de movimiento. No me gustan las prisas. Si no pudiera disfrutar de ella con tranquilidad no me la hubiera comprado, no hubiera ahorrado para ello, y habría empleado mi dinero en otras cosas. No entiendo por qué mi novio se ha comprado una bicicleta de competición. No es ya que no sea un atleta, que no lo es, es que casi no sabe manejarla con tanto cambio de velocidades y teniendo que adoptar esa posición tan incómoda y que tan mal le sienta. Sí, el pobre padece secretamente (eso cree él) de hemorroides, y cuando está “atacadito” la cara le delata por más que trata de “aguantar como un hombre”. Los sábados quedamos por la mañana temprano para montar, pero apenas salimos del portal de mi casa sale disparado como una centella y le pierdo de vista. Cuando una hora después nos reencontramos en los pinares, cerca de la playa, me lo encuentro aún sofocado, congestionado, sudoroso y con el corazón palpitante a pesar de llevar ya veinte minutos esperándome. Me cuenta su proeza —ha mejorado su mejor registro de tiempo en casi un minuto, ha adelantado a treinta y siete ciclistas, cediendo su posición apenas a un par de ellos de los que dice sospechar eran profesionales, y asegura con satisfacción que sus pulsaciones no han subido de ciento ochenta. ¿Sabrá lo que dice el muy inconsciente?—. Pero yo, que hago como que le escucho, no dejó de pensar en el maravilloso ratito que acabo de vivir contemplando las marismas, los flamencos y ese inmenso cielo azul de los que él parece no tener noticia. No tengo conciencia de haberme cruzado con ciclista alguno, y sí de haber respirado ese aroma tan especial del aire fresco de la mañana en las salinas que inunda los pulmones y llena el alma. Decididamente mi novio y yo no somos iguales.

Mi novio ha estudiado economía, y casi no me habla de otra cosa. Comprendo que sienta gusto por ello, incluso pasión, pero lo que no entiendo es que eso constituya el centro de rotación de sus planes de vida. No sólo no lo entiendo, sino que me preocupa, empieza a preocuparme seriamente. Le quiero mucho: hace tiempo que nos conocemos, es divertido, muy caballeroso y me trata con sumo respeto. Pero por causa de esa obsesión por lo que pronto será su profesión tengo dudas acerca de si realmente quiero seguir con él, si el futuro que me espera a su lado me (nos) puede hacer feliz. Yo también he estudiado —de hecho con calificaciones mucho más brillantes que las suyas, de lo que jamás hago alarde—, y me gusta lo que hago. Soy psicóloga y, afortunadamente parece que se abre ante mí un futuro prometedor. Con ser muy importante para mí, no lo es todo. Quiero una vida completa en la que exista armonía entre mi carrera profesional y mi vida familiar. Para eso cuento con tener a mi lado un hombre que entienda que esa vida familiar es un asunto que nos concierne a los dos, que asuma que el trabajo de casa y los cuidados de nuestros niños y, si se da el caso, de nuestros mayores, es cosa de ambos. No quiero un hombre que crea que por mi condición de mujer he de ser yo quien se haga cargo de todo, incluyendo sus cuidados, un hombre que piense que mi labor principal es la atender todas esas cosas con la idea de dejarle a él tiempo para poder ejercer en plenitud su actividad y alcanzar las cotas con que sueña. También yo soy profesional y quiero ejercerla en plenitud, y es evidente que no podré conseguirlo si la actitud del hombre que comparta mi vida responde a ese patrón. Ayer hablé de todo esto con él. Le dejé las cosas muy claras. Él parecía extrañado. Le sonaba todo un poco raro. Comenzó a hablarme de una manera que me resultó impropia, anacrónica diría, en un chico de su edad, y que me produjo espanto. Decía que yo tenía que aceptar que, dado que somos diferentes, diferentes habrían de ser nuestras funciones a partir del momento en que comenzáramos a vivir juntos. Que lo natural sería que yo cuidara de la casa y de los hijos que tuviéramos, que le parecía magnífico que yo trabajase, pero que para hacerlo debía tener pensada la fórmula para compaginarlo con el trabajo de casa. Me adelantaba que había decidido (¡por su cuenta!) que su madre, viuda, vendría a vivir con nosotros desde el primer día, que contaba con que yo la asistiera como merece, y que, dado su precario estado de salud, no le encomendase tarea alguna. Decía de sí mismo que tenía grandes proyectos profesionales que requerirían de toda su atención y su tiempo. Que eso era lo más importante en ¡nuestra! vida, que así lo había aprendido en la facultad de economía, que ése habría de ser su “obligado” proceder, su contribución al progreso económico y social de todos, y que yo tenía que aceptarlo como algo natural, incluso que debía agradecerle el nivel de bienestar que por su futura posición social ese estilo de vida habría de proporcionarme.

Aturdida, estupefacta diría, no sabiendo si hablaba de broma, y por cambiar de tema, le pregunté lo primero que se me ocurrió: « ¿Te gusta mi bicicleta?».  « ¿Tu bicicleta?», —respondió extrañado—, y con la mirada perdida no supo qué decir: ¡no se había fijado en ella! Para mi decepción, y creyendo resolver con ello la comprometida situación en que su evidente falta de interés por mis cosas había provocado mi pregunta, volvió sobre el tema aprovechando el asunto de la bicicleta para establecer un símil: «verás —me dijo—, tu bicicleta es como seremos nosotros. Como su nombre indica, es un artefacto compuesto por dos ruedas montadas en un mismo cuadro, pero que tienen encomendadas funciones bien diferenciadas. Ya te digo, como nosotros. Mira, hay una rueda más visible, la delantera, la que, aparte de llegar siempre antes a cualquier parte, es la más importante porque está engarzada al dispositivo de dirección, el manillar, y que, en definitiva, es la que marca el rumbo. Digamos que manillar y rueda delantera me representarán a mí, ¿me sigues? Después tenemos la rueda trasera, siempre en un segundo plano, la que se deja llevar adónde la lleve la otra. Podría pensarse que carece de importancia. No es así, todo lo contrario. Es fundamental para que la delantera nos lleve a cualquier parte que el conjunto de la bicicleta tenga impulso, y aunque es un trabajo más grosero, menos vistoso, menos visible, ese trabajo corresponde a esa rueda trasera que está engarzada mediante una cadena y dos ruedas dentadas a los pedales, cuyo giro es el que produce el movimiento. Ese conjunto de sistema de propulsión y rueda trasera serás tú, ¿entiendes? ¿Te das cuenta de lo importante que es tu colaboración para que yo pueda llevarte al destino que pretendo para los dos?»

— ¿Pretendes, dices? ¿Tú? ¿Pretendes tú por los dos?— Contesté en un tono de voz seco y expresión áspera que nunca había utilizado con él, y volviendo de mi ensimismamiento tras varios minutos de haber dejado de seguirle. Después de dar gracias al cielo por permitir que en un arrebato de sinceridad él hubiera puesto las cartas sobre la mesa, yo decidí que no compraría “nuestra” bicicleta, que en su lugar abriría mi gabinete de psicología y que con paciencia y buen hacer me haría un lugar entre mis colegas, que esperaría a que con el tiempo se cruzase en mi camino, o yo en el suyo, un hombre que entendiera que estar juntos supone ser compañeros en toda la extensión de la palabra. Y en aquel momento había decidido…, también…, también había decidido con enorme tristeza vender mi preciosa bicicleta.

Paloma Ruiz Sastre.