¿Qué precio tiene la maternidad?: Ser madre o la vida laboral.

Las mujeres españolas siguen soportando la sobrecarga de roles laborales y familiares, aunque trabajen a jornada completa y convivan en el mismo hogar con su pareja. La mayoría de ellas, además, sigue encontrando obstáculos en su trayectoria profesional por razones de sexo, que en muchos casos tienen que ver con la maternidad, a pesar de estar mejor preparadas. Son los datos recogidos en el estudio «Maternidad y trayectoria profesional», realizado por IESE Business School, en colaboración con Laboratorios Ordesa, que analiza los factores que limitan el pleno desarrollo laboral de las trabajadoras que son madres o pretenden serlo.

Patricia García. ABC.

En la actualidad, ser mujer implica, en muchas ocasiones, renunciar, sacrificarse…  nos educan para ello…

Los roles de género en la sociedad definen cómo se espera que actuemos, hablemos, nos vistamos, nos arreglemos y nos comportemos según nuestro sexo asignado. Por ejemplo, se espera que las mujeres y las niñas se vistan de forma femenina y que sean educadas, complacientes y maternales. A su vez, se espera que los hombres sean fuertes, agresivos e intrépidos.

Cada sociedad, grupo étnico y cultura tiene expectativas en relación con los roles de género, pero estos pueden variar mucho entre un grupo y otro, y también pueden cambiar con el tiempo dentro de la misma sociedad.

«La inserción de la mujer en el mundo laboral se ha producido en España más tarde que en el resto de Europa, pero de forma más intensa y en un periodo de tiempo menor –con un repunte mayor en la década de los noventa—. Y junto a este incremento en la tasa de actividad se está produciendo una fuerte caída de la natalidad.» En los países nórdicos, por el contrario, esta correlación cambia de sentido: hay más mujeres trabajando y además sus tasas de natalidad son mayores.

Hoy en día vivimos polémicas y movimientos sociales que envuelven este tema en una lucha donde la mujer lucha por no perder su identidad como mujer, a la par que lo hace también por seguir creciendo profesionalmente y desmitificar la maternidad.

Ejemplo de esto es la publicación del libro “Madre hay más que una, un relato en primera persona sobre a aventura de la maternidad” (Planeta) escrito por Samanta Villar y presentado el 24 de enero de 2017. Una visión muy alejada de los tópicos sobre lo que significa tener hijos hoy.

A través de este libro, Samanta Villar, periodista y presentadora de 42 años, así como a través de titulares generados de las entrevistas realizadas en torno a él, ha protagonizado un enorme revuelo social, especialmente en los diferentes medios de comunicación y redes sociales. El principal motivo, no es más que poner en entredicho aspectos relacionados con los roles de género de los padres, más concretamente de las mujeres, así como de los estereotipos que la maternidad les supone, a través de afirmaciones como “Tener hijos es perder calidad de vida” o “La maternidad está sobrevalorada”. Para entender un poco el impacto social que este libro y dichas afirmaciones han supuesto, debemos teorizar cómo se establece la identidad de género en nuestra sociedad, especialmente en el caso de las mujeres, y qué idealismos, estándares o estereotipos hay en torno a él.

En primer lugar, y como vamos a poder comprobar a través de este análisis, presentación y/o reflexión, actualmente, debemos decir que continuamos conviviendo en un sistema social sexista, que promueve la dominación del hombre y potencia la sumisión de la mujer, a través del aprendizaje de estereotipos y prejuicios impuestos a uno u otro género, provocando graves consecuencias para ambos sexos, pero con repercusiones más peligrosas para las mujeres, ya que las coloca en una posición de vulnerabilidad para su desarrollo vital.

Quizás Samanta habría tenido mayor aceptación social contando lo estupenda que es la maternidad y lo realizada que se siente en esta nueva etapa de su vida, pues seguramente habrían sido afirmaciones más toleradas, debido a que encajan mejor con el “adiestramiento” social y los valores y/o creencias que lo envuelven.

Cuando alguien rompe los estándares que tenemos establecidos, en este caso el papel de mujer en nuestra sociedad (“madre estupenda, feliz y que puede con todo”), se nos mueven los cimientos de nuestro patriarcado, de nuestro aprendizaje. Miles de usuarios/as en las redes se han sentido ofendidos por las afirmaciones de Samanta e incluso, muchos de ellos han respondido y criticado las mismas, cuestionando el juicio, sentimientos o, incluso, su valía como madre. A través de una búsqueda sencilla por internet en redes como Instagram, Facebook… podemos ver comentarios que protagonizan este linchamiento a la periodista, aclamando: “¿qué tipo de madre es Samanta si dice que ahora no es más feliz por ser madre?”, “¿qué pensarán sus hijos al crecer y leer estas palabras?” o ¿cómo no ha pensado en sus hijos cuando estaba hablando así?

Estas personas no es que estén preocupadas por los hijos de Samanta, sino que actúan de este modo porque están sintiendo como se destruyen o tambalean los relatos que siempre nos han contado sobre la maternidad. Como bien veníamos explicando, durante toda nuestra vida, como niñas, nos cuentan toda una serie de historias y ficciones sobre qué significa ser mujer y cómo hay que serlo, siendo uno de los objetivos finales, ser madre.

Ya desde muy pequeñas, en muchas ocasiones sin haber cumplido el primer año de edad y sin apenas saber hablar, es común, especialmente en esta sociedad de consumismo en la que nos movemos, que en Navidad encontremos bajo nuestro árbol un bebé rosa de juguete con su chupete y complementos. Con tan solo unos meses en el mundo, por el solo hecho de haber nacido con genitales femeninos, quien sabe si por ello, en un futuro, nos identifiquemos con el género femenino al crecer, ya tenemos como primer regalo de Navidad, la carga de la maternidad.

¿Nos habrían regalado el mismo muñeco si hubiésemos nacido con genitales masculinos? Un niño de meses habría tenido bajo el árbol un coche, algo que hiciera música, animales, cosas de acción… porque al final, a los niños se les educa para la acción y a las niñas para el cuidado.

Con todo esto, nos reafirmamos en decir que, desde muy pequeñas, nos educan para asumir que, si somos niñas, seremos también madres en un futuro.  La familia, como institución intencional, nos lo dice regalándonos bebés cuando aún seguimos siendo bebés, o nos lo transmiten a través de los cuentos y películas tradicionales, de princesas, donde además de ser madres, nos inculcan que debemos ser heterosexuales, estar muy enamoradas y ser sumisas. De forma intencional, también nos lo dicen las instituciones escolares, donde se estudia los órganos femeninos con un único objetivo reproductivo, aunque no nos hablen de las limitaciones fisiológicas que, a medida que pasan los años, las mujeres vamos generando en relación con este tema. Los medios de comunicación, también influyen en nuestro enfoque de la maternidad dentro de la construcción del género. Si eres mujer, ves Youtube y tienes entre 25 y 30 años, habrás notado un aumento significativo de anuncios publicitarios relacionados con pruebas de embarazo o fecundación. E indudablemente, los temas de conversación que aparece en el grupo de iguales, comienzan a guardar una estrecha relación: deseos de un trabajo bien remunerado y estable, un domicilio cómodo y familiar, búsqueda de la pareja ideal, “sentar la cabeza”, la educación que reciben los menores, los errores que cometieron nuestros propios padres o, directamente, que el tiempo apremia si se desea ser madre. Sin olvidar, la pregunta de “¿tienes pensado ser madre?” que se vuelve un factor común en entrevistas de trabajo.

Para finalizar el análisis de cómo el libro de Samanta ha resultado un choque social para los estereotipos de género, partiremos en cómo dio comienzo su nuevo programa en la cadena cuatro “Samanta y…”: «Basura, que ascazo das, es una injusticia que mujeres cómo tú sean madres, no te mereces tener hijos, puerca, egocéntrica»…

Con estos insultos arrancaba la presentación de Samanta Villar, en la que recordaba que había tenido que aguantar desde el momento en el que dijo que al ser madre se pierde calidad de vida. «Hace año y medio que soy madre y adoro a mis hijos, pero sigo pensando lo mismo y no me pienso callar», añadía la periodista. Programa con muchas críticas pero a la par enriquecedor para muchas mujeres, donde se inició con un primer capítulo dedicado a la maternidad y contó con numerosos testimonios, a través de los cuales se contempló las dificultades de conciliación de las familias, los sacrificios de muchas mujeres o las críticas que reciben por sus conductas “desnaturalizadas”, la posibilidad de elección en cuanto al hecho de ser madre o los diferentes métodos y vías para lograrlo.

Samanta Villar no es la única que ha recibido críticas a través de las redes, Soraya Arnelas, cantante, también fue víctima de comentarios que juzgaban su papel como madre tras una publicación en Instagram, pocos días después de dar a luz, donde se la veía en una imagen saliendo con su pareja a cenar ellos dos solos. Lo cual desató un sinfín de comentarios y críticas. «Mala madre» fue lo más bonito que le llamaron en su propio post simplemente por decidir “separarse”, aunque fuese por unas horas, tan pronto de su hija recién nacida. Soraya intentó tomarse a broma los comentarios.

El origen de todos estos insultos puede estar en la creencia o principio de que la mujer debiera quedarse en casa criando hijos, para no desequilibrar un proceso de la naturaleza, el cual puede estar en riesgo con mujeres empoderadas, que deciden por ellas mismas si quieren o no ser madres, y de qué forma. La realidad es que hoy en día hay muchas mujeres que tienen que decidir entre la maternidad o su carrera profesional, encontrándose verdaderas barreras para compatibilizar ambas. Parece ser que, poco a poco, nos vamos socializando en la idea de que, para sentirte realizada como mujer, tienes que ser madre y, una vez que lo seas, tienes que llevar toda la carga y responsabilidad de la crianza porque, al fin y al cabo, llevas siendo toda tu vida entrenada para ello. Y, precisamente, por estas mentiras que nos han venido contando, Samanta se siente engañada y, como ella, muchas otras mujeres que, aunque con mucha menos repercusión en los medios y sin poder escribir libros sobre ello, afirman que ser madre es muy bonito, pero también muy duro, muy difícil y muy sacrificado.

Con esta actuación, Samanta o Soraya están rompiendo con lo que está preestablecido, con los roles históricamente asumidos y asociados por y para las mujeres y con el mito de que la maternidad es sinónimo de felicidad y realización. Está claro que, para muchas mujeres lo es y que, a pesar de los esfuerzos y sacrificios, para muchas madres todo merece la pena, pero también es necesario hablar de aquellas para las que no, las que ven reducida su calidad de vida y las comodidades de una vida sin grandes responsabilidades, o se ven abrumadas durante la maternidad por diferentes sensaciones que nunca les habían contado. De hecho, el silencio sobre este tema provoca que muchas madres se sientan culpables de lo que sienten.

La única solución ante esto es contar las dos caras de la moneda, sin silenciar ésta, que menos encaja con nuestros estándares históricos o roles preestablecidos. Con ello, conseguiremos que las mujeres puedan tomar decisiones con toda la información encima de la mesa, sin engaños, sin adornos y sin culpas, entendiendo y respetando que la diversidad de vivencias entorno a la maternidad pueden ser enriquecedoras y sin acusar ni machacar a aquellas que no lo viven de la forma que siempre nos lo han contado.

Cierro la reflexión respondiendo a aquellos que se preguntan por el qué se llevarán los hijos de Samanta si el día de mañana leen su libro o las entrevistas que ha realizado. Decirles, que posiblemente verán la realidad que ha vivido su madre, que los quiere, pero que también se atrevió a contar una verdad al mundo que incomoda porque no es aceptada. Lo que se llevarán posiblemente sus hijos, es una imagen de su madre luchando para que las mujeres tengan toda la información que les permitan tomar decisiones conscientes, empoderadas, seguras y sin condicionantes sociales, así como para poder sentir y expresarse libremente, sin miedo ni culpas.

 

REFERENTES

 

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Indicadores de discriminación por razón de sexo en el mercado de trabajo.

A través de esta aportación, abro debate a fin de analizar  los principales rasgos discriminatorios que se observan comúnmente en el mercado de trabajo: segregación ocupacional horizontal, segregación ocupacional vertical y diferencias entre los salarios de hombres y mujeres…

En los ámbitos económico, profesional y laboral tradicionalmente se han venido otorgando funciones y papeles distintos a los hombres y a las mujeres. Las teorías, los enfoques y los argumentos utilizados en la valoración del desarrollo económico se centran básicamente en indicadores que analizan la producción de bienes y servicios para el consumo, pero ignoran el trabajo de carácter reproductivo no remunerado (De la Cruz, 1992; Elson, 2000), que ejercen las mujeres en sus familias y comunidades. Este hecho se refleja incluso en los conceptos más amplios de desarrollo que incluyen “el logro de la autoestima, de la dignidad, de la integralidad de todos los sectores y no sólo el
crecimiento del PNB” (De la Cruz, 1992: 253-254). La consecuencia es que las funciones de crianza y cuidado de los hijos y la atención de personas mayores, enfermas o disminuidas no son valoradas y registradas adecuadamente, y no son tomadas en consideración a la hora de adoptar políticas para lograr un desarrollo más justo.

El hecho de no tener en cuenta el trabajo no remunerado que realizan las mujeres origina que “las nociones convencionales acerca del modo en que funcionan las economías ofrecen directrices limitadas para políticas que promuevan la potenciación de las mujeres y los modos de combinar la justicia de género con la justicia económica”. Contemplando la economía desde una perspectiva de género se llega a un análisis distinto de la reestructuración económica: “los indicadores económicos convencionales
pueden indicar que se está progresando, si más y más mujeres se incorporan al trabajo remunerado, y si las reformas económicas (incluyendo la liberalización y la  privatización) producen aumentos en la eficacia económica. Pero pueden oscurecer una transferencia de los costos reales (en el tiempo y en el esfuerzo de las personas) desde el sector público, donde dichos costos se monetizan y aparecen en la cuentas del gobierno, hasta las familias (el “sector doméstico”) donde tales costos no se monetizan y por lo tanto no son visibles. El análisis económico con conciencia de género sugiere la necesidad de una definición más completa de la ‘eficacia’, que dirija la atención más allá
de los costos financieros” (Elson, 2000: 8-9).

A pesar de que las circunstancias de las mujeres han experimentado cambios y éstas han desarrollado comportamientos distintos “no han podido modificar su relación con el Estado en términos de género. En la calle o en el hogar, el Estado las sigue viendo tan sólo como garantes del bienestar familiar, variables intervinientes en la implementación de políticas, no consultadas a la hora del diseño, disciplinadas en el momento de llevarlas a cabo”.

¿QUÉ OPINÁIS AL RESPECTO?

¿QUÉ RASGOS CONSIDERÁIS MÁS LLAMATIVOS EN LA ACTUALIDAD?

En mi opinión, podríamos señalar tres factores como muestra de las diferencias de género en el trabajo: la asignación de tareas basada en el sexo de los trabajadores (división sexual del trabajo), el mayor valor otorgado al trabajo realizado por los hombres en relación al que realizan las mujeres (devaluación de la mujer y de su trabajo que desencadena un diferencial de salarios) y la construcción del género en el trabajo por parte de empresarios y trabajadores.

Las mujeres han cambiado su percepción de sus propios roles como madres y como trabajadoras y se han incorporado al trabajo asalariado en busca de una valoración social y de independencia económica. Sin embargo, en el conjunto de la sociedad no se ha producido una transformación similar. Así, el mercado de trabajo sigue estructurado de acuerdo a la pauta masculina de trabajo a tiempo completo durante toda la vida adulta y la organización socio-económica se mantiene sin cambios significativos durante estas décadas: jornadas laborales, vacaciones escolares, servicios públicos, etc., siguen funcionando bajo el supuesto de que ‘hay alguien en casa’ que cuida de niños, ancianos, enfermos, lo cual se ha traducido en una continua presión sobre el tiempo de las mujeres. Por su parte, los hombres como grupo humano tampoco han respondido a la nueva situación creada y el trabajo familiar y doméstico continúa siendo asumido mayoritariamente por las mujeres.

¿EN QUÉ MEDIDA LOS HOMBRES HAN ASUMIDO EL NUEVO ROL DE LA MUJER DENTRO DEL MERCADO LABORAL? ¿QUÉ OPINÁIS?

Aunque en las últimas décadas se ha producido una transferencia de parte del trabajo de reproducción al sector público y al mercado, una parte importante de dicho trabajo continúa siendo responsabilidad de las mujeres y aparece como esencial para el buen funcionamiento social.

A pesar de las diferencias de participación de trabajos de hombres y mujeres en el mercado laboral y en el trabajo doméstico se observa que las mujeres cada vez son más reacias a interrumpir su carrera profesional por motivos familiares (matrimonio, hijos, etc.), y cuanto más jóvenes son las mujeres se observa que participan en mayor medida en el mercado laboral a cualquier edad. Se observa que los patrones familiares han cambiado, aumentando en gran medida las familias donde trabajan fuera de casa el hombre y la mujer. Este hecho ha motivado que las mujeres en los últimos tiempos hayan ejercido mayor presión para que los hombres compartan el trabajo doméstico. Aún así, las mujeres son las primeras responsables de cuidar a los niños, personas mayores (lo cual representa un problema de tiempo y esfuerzo para compaginar dos trabajos) y suelen ser quienes sacrifican sus empleos en favor de los trabajos de los hombres.

Los hombres y las mujeres trabajan en todos los sectores, pero hay variaciones sistemáticas en la división genérica del trabajo. El trabajo de cuidado no remunerado, el trabajo voluntario y el trabajo informal remunerado y no remunerado tienden a ser realizados mayoritariamente por mujeres (con alta participación de las mujeres en este tipo de empleo), mientras que el trabajo formal remunerado en los sectores privado, público y de ONG tiende a ser realizado mayoritariamente por hombres (con alta participación de hombres en este tipo de empleo).

Las mujeres sólo son mayoría en los servicios personales, y son pequeña minoría en construcción y energía, donde las que trabajan lo hacen en empleos más cualificados y con remuneraciones más próximas a las de los varones que en el conjunto de sectores. Un sector que también destaca por una inferior participación femenina es el de la conducción y medios de transporte.

La proporción de mujeres disminuye a medida que se asciende en la jerarquía piramidal, de modo que su presencia en posiciones de poder y asumiendo responsabilidades laborales es mínima. Esta discriminación vertical se observa tanto si comparamos los porcentajes de varones y mujeres por categoría laboral en un determinado sector, como si se toma en consideración la cantidad de mujeres que, hoy en día, figura entre la población activa, teniendo en cuenta, además su nivel de formación y preparación profesional.

Los hombres que acceden a un trabajo típicamente femenino a menudo llegan a la cumbre a pesar de ser extraños en un ambiente predominantemente femenino. Las mujeres, por otro lado, habitualmente permanecen en los escalones inferiores con independencia de que sus trabajos sean mayoritariamente femeninos o mayoritariamente masculinos. Las mujeres se encuentran con problemas para ascender y para ejercer su autoridad en el trabajo. El denominado “techo de cristal” existe para las mujeres de todas las clases, así como para las minorías de ambos sexos y mucha gente asume que las minorías (y especialmente las mujeres en minoría) son contratadas o ascendidas únicamente para cumplir con determinadas cuotas. A pesar de que parece que las mujeres están en mejores condiciones en el sector público que en el privado, dentro de los gobiernos los hombres tienen tendencia a ocupar los puestos más altos.

La eliminación de la discriminación en los lugares de trabajo es estratégica para combatir la discriminación en cualquier lugar ayudando a superar prejuicios y estereotipos. La igualdad en el empleo es importante para la libertad, dignidad y el bienestar de los individuos. El estrés, la moral baja y la falta de motivación son sentimientos que prevalecen entre los sujetos objeto de discriminación, afectando a su autoestima, reforzando los prejuicios contra dichas personas e influyendo negativamente en su productividad. Eliminar la discriminación también es importante para el funcionamiento eficiente de los mercados de trabajo y la competitividad empresarial, además de permitir expandir y desarrollar el potencial humano de una forma más efectiva. Por último, la exclusión sistemática de determinados grupos del trabajo en condiciones decentes genera serios problemas de pobreza y fragmentación social que comprometen el crecimiento económico.

Las dificultades que encuentran las mujeres para el acceso al mercado laboral y en concreto las barreras que les dificultan la promoción y ascenso a puestos de trabajo de niveles superiores tienen consecuencias importantes. La desigualdad y discriminación en este sentido es injusta y provoca que las mujeres perciban unos salarios inferiores, además de no permitirles ejercer autoridad en el trabajo, lo cual a menudo conlleva la frustración de las mujeres.
Además, la dificultad que encuentran las mujeres para ejercer autoridad también tiene consecuencias importantes: el tener autoridad es imprescindible para realizar el trabajo de forma efectiva y redunda en la satisfacción personal del trabajador. Una posición de autoridad permite a los empleados mostrar su talento de cara a su promoción, del mismo modo que una falta de autoridad de los trabajadores puede hacerles vulnerables al acoso sexual. Por otro lado, al dificultar el acceso de las mujeres (y otros grupos minoritarios) a los puestos de trabajo de las categorías superiores se está excluyendo a personas
potencialmente productivas en base a su sexo (o color).

 

REFERENCIAS:

BARBERÁ HEREDIA, Ester y otros (2012): “Mas allá del techo de cristal”.Revista del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, Nº 40, pp. 55-68.

CONSEJO DE LA JUVENTUD DE ESPAÑA (2016): La igualdad de oportunidades y la participación social de las jóvenes. Consejo de la Juventud de España, Madrid.

 

Entrevistas de trabajo para las mujeres vs Entrevistas de trabajo para los hombres

¿Deben de superar los hombres y las mujeres las mismas entrevistas para conseguir un puesto de trabajo? ¿Reciben el mismo trato por parte de los entrevistadores? ¿Acceden mujeres y hombres a los puestos de trabajo con los mismos méritos? Estas son algunas de las cuestiones que actualmente intentamos resolver y que nos bombardean día a día ya sea a través de los medios de comunicación, de oídas por experiencias ajenas, o bien porque nos toca a nosotros mismos enfrentarnos mañana a una entrevista de trabajo. Cada vez se evidencia más la diferencia establecida con respecto a los porcentajes en relación al número de mujeres que ocupan cargos con cierta relevancia en comparación con el número de hombres en el mismo puesto de trabajo. ¿A qué se debe esta abismal diferencia?

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Es evidente que lo que las empresas buscan es encontrar el candidato perfecto para el puesto que se oferta y, objetivamente, la única manera de conseguirlo sería llevando a cabo entrevistas totalmente imparciales tanto a los hombres como a las mujeres que aspiran a conseguir el empleo. No obstante, y con base en diversos estudios recurrentes, se evidencia cómo los hombres consiguen más fácilmente el puesto de trabajo en relación a las mujeres. Las alteraciones de comportamiento o de actuación diferenciadas a hombres y a mujeres que postulan a ocupar un puesto, de manera que no existan justificaciones objetivas para ello, constituye una verdadera situación de discriminación. La Constitución Política proscribe expresamente la discriminación que se  sustenta en motivos de raza, color, sexo, religión, opinión, etc., traspasando los límites de la legalidad y siendo razonablemente punible.

Por otro lado, otras investigaciones constatan algunos de los motivos acerca del por qué las mujeres encuentran  mayores dificultades para lograr los puestos de trabajo. Entre ellos, destacan el que normalmente ellas deban enfrentarse a un grupo de entrevistadores y los hombres, antagónicamente, suelen afrontar la mayoría de las entrevistas con un solo reclutador. Todo ello puede significar un incremento del estrés, lo que contribuye a empeorar la imagen de la candidata, puesto que se acrecientan las posibilidades de que la presión y los nervios jueguen una mala pasada. En otro estudio se afirma cómo a las mujeres se las interrumpe en más ocasiones que a los hombres a lo largo de las entrevistas, lo cual complica que la información que se pretende exponer se haga por completo, degradando el discurso y posiblemente, provocando que se omita información que podrían demostrar diversas aptitudes de la aspirante.

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Por otra parte, muchas de las mujeres que están o han estado inmersas en el mundo laboral soportan el planteamiento de preguntas verdaderamente ridículas y carentes de relevancia alguna, las cuales quedan muy lejos de abordar temas relacionados con el puesto de trabajo al que se opta. El asunto de la maternidad ha supuesto en muchas ocasiones un condicionante a la hora de que las mujeres se erigiesen con un empleo, siendo percibida por parte de los entrevistadores como un punto negativo y una limitación. Y aunque existe una amplia legislación que regula los derechos de las mujeres para ser madres y ejercer una maternidad responsable, todavía se viven desgraciadamente episodios como los que se han comentado, realmente discriminatorios y vergonzosos con respecto a las entrevistas de trabajo que realizan a los hombres y a las mujeres de manera diferenciada.

 

Fuentes consultadas:

http://noticias.universia.es/practicas-empleo/noticia/2017/08/30/1155328/iguales-entrevistas-trabajo-hombres-mujeres.html

http://gacetalaboral.com/cuando-existe-discriminacion-en-las-ofertas-de-empleo/

https://www.womenalia.com/es/carrera-profesional/94-muy-util/9748-preguntas-frecuentes-entrevista-laboral

El cuento de nunca acabar: trabajo y empleo

La asociación trabajo-salario ha supuesto la base de la explotación de las mujeres desde la Edad Media.

Como podemos comprobar en Calibán y la Bruja (Silvia Federicci, 2010), en aquellos tiempos, el advenimiento de esta asociación supuso un retroceso en las libertades de las mujeres trabajadoras, puesto que ya no podían acceder a las tierras para continuar con la economía de subsistencia propia del feudalismo.caliban_y_la_bruja_mujeres_cuerpo_y_acumulacion_originaria_portada_completa

Al implementarse el trabajo-salario, la mujer quedó sometida al marido, que era el único al que se contrataba (al que se le pagaba). El capitalismo temprano se las ingenió para “encerrar” a la mujer en el hogar y hacerla doblemente sumisa: frente a su marido y frente a la lógica de mercado. Es la construcción de un nuevo orden patriarcal que Federicci define como el «patriarcado del salario». (Federicci , 2010. Pp.98)

Las familias ya no podían autoabastecerse con sus cultivos. Ahora para sobrevivir se necesitaba comprar, se necesitaba el salario que aportaba el empleo. Y éste, el empleo, sólo estaba bien visto que lo realizaran los hombres. La tierra se privatizó y sólo a los varones se le otorgaba la propiedad. A la mujer que se oponía, a la que continuaba obcecada en no rendirse ante aquellos mandatos, se la acusó: primero de hereje, después de bruja.

En la Edad Media, la herejía, según Federicci  (2010) “era el equivalente a la «teología de la liberación»”, era “un movimiento de protesta que aspiraba a una democratización radical de la vida social” frente a la privatización, la jerarquización social y la acumulación de riquezas. Fue un movimiento tan revolucionario que redefinía todos los aspectos de la vida: el trabajo, la propiedad, la reproducción sexual y la situación de las mujeres. (Federicci. 2010. Pp54). La brujería fue la continuidad de la herejía. Los aquelarres eran las reuniones de las insumisas, las campesinas desposeídas que se negaban a perder las pocas libertades que tenían; eran “las formas específicas de subversión social” de la época. (Federicci, 2010. Pp.245)caliban1

Ni qué decir tiene que, a pesar de la resistencia que siempre ha habido por parte de las hijas de aquellas brujas que no pudieron quemar, el sistema consiguió implantar el patriarcado del salario. Sus mecanismos han sido y son muy poderosos, y sus estrategias muy maliciosas.

En la actualidad, podemos comprobar que la mujer sigue siendo sometida. Aun habiendo accedido al mercado de trabajo, la mujer está sujeta a la falacia de la falsa igualdad. Los trabajos remunerados que suelen desempeñar las mujeres suponen unas condiciones laborales, salariales y de prestigio peores que las de los hombres. Así lo confirma el Estudio del trabajo de cuidados no remunerado en Andalucía (2012): “las mujeres a las que sí se considera convencionalmente “activas”, presentan menores tasas de ocupación, mayores tasas de parcialidad y mayor temporalidad en sus contratos debido a que se ven obligadas a dedicar una parte importante de su tiempo y energía al hogar.” Esta es otra muestra de la opresión a la que están supeditadas las mujeres: la doble jornada.

Sigue siendo la mujer quien se encarga principalmente de las labores de reproducción de la vida en el hogar, por lo que hoy en día solemos cargar con dos trabajos: el que nos reporta el salario y el que permite a nuestro hogar y sus miembros seguir siendo dignos.

Hablábamos antes de falsa igualdad precisamente por esto, porque, a pesar de disponer del acceso, antaño vetado, al empleo remunerado, las jornadas de trabajo de las mujeres superan con creces a las de los hombres. En el Estudio de Trabajo No Remunerado en Andalucía (2012) -que podéis encontrar aquí – , podemos comprobarlo con datos objetivos.

Llama especialmente la atención la Tabla 3 que muestra cómo la mujer casada es quien más horas de trabajo no remunerado acumula; incluso más que la soltera, la divorciada o la viuda. De este modo constatamos la fuerte incidencia que tiene el estado civil sobre el trabajo no remunerado y nos acordamos del espléndido argumentario de Carole Pateman en su famoso El Contrato Sexual.

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Como bien se concluye en el Estudio antes citado: “Las mujeres andaluzas se han adaptado a los nuevos tiempos incorporándose a la economía del mercado pero son los hombres andaluces los que todavía no se han modernizado al no haberse sumado todavía a la economía del cuidado.”

Es el cuento de nunca acabar. Y es por ello que siguen existiendo condicionantes de género en el mercado laboral. Diferenciar empleo de trabajo nos condena a soportar una carga psicológica y física muy dura que merma nuestras capacidades. Las mujeres seguimos sometidas a la carga que supone tener un marido, y a la lógica del mercado.

El trabajo de reproducción de la vida debe ser compartido y las políticas deben ir encaminadas hacia este rumbo. Que se dején de tanto cuento.

 

Bibliografía:

Fariñas Ausina, Sarai (2015) “La economía feminista y la soberanía alimentaria” Revista Soberanía Alimentaria Nº21, pp 6-10.

Federicci, Silvia (2010) Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpos y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños

Gálvez Muñoz, Lina; Rodríguez Modroño, Paula y Agenjo Calderón, Astrid (2012) Estudio del trabajo de cuidados no remunerado en Andalucía. En Investigación y género, inseparables en el presente y en el futuro: IV Congreso Universitario Nacional Investigación y Género, [libro de actas]. Facultad de Ciencias del Trabajo de la Universidad de Sevilla, 21 y 22 de junio de 2012. (Coord.) Isabel Vázquez Bermúdez; (Com. cient.) Consuelo Flecha García…[et al.] (pp. 591-607). Sevilla : Unidad para la Igualdad, Universidad de Sevilla

Pateman, Carole (1995) El Contrato Sexual. Madrid: Anthropos

LA SEGREGACIÓN LABORAL POR RAZÓN DE GÉNERO

La segregación en el mercado de trabajo hace referencia a la representación de hombres y mujeres en las diferentes ocupaciones: trabajan en sectores distintos y ocupan cargos diferentes. Las mujeres sistemáticamente se encuentran concentradas en aquellas ocupaciones marcadas por una mayor inestabilidad, menor salario y menor reconocimiento.

La segregación laboral se manifiesta de dos maneras diferentes: segregación horizontal  y segregación vertical. La segregación horizontal significa que las mujeres se concentran en ciertos sectores de actividad y en ciertas ocupaciones, y la segregación vertical supone el reparto desigual de hombres y mujeres en la escala jerárquica, concentrándose los empleos femeninos en las escalas inferiores.

Una forma clara de evidenciar esta realidad es el estudio de los datos estadísticos que tenemos a nuestra disposición. Según la Encuesta de Población Activa (EPA), en 2016, del total de ocupados en España, 10.000.800 fueron hombres y 8.340.800 fueron mujeres.

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En términos absolutos, la ocupación mayoritaria para las mujeres es la de trabajadoras de los servicios de restauración, personales, protección y vendedoras, que emplea 2.470.400 mujeres. Para los hombres, la principal ocupación es la de artesanos y trabajadores cualificados de las industrias manufactureras y la construcción, con 1.903.800 hombres empleados.

Hay que destacar la proporción de mujeres en algunas de las ocupaciones, por ejemplo, las empleadas contables, administrativas y otras empleadas de oficina suponen un 66%, y las que ocupan puestos en ocupaciones elementales, es decir, trabajadoras no cualificadas, suponen casi un 60%.

Con respecto a las ocupaciones donde las mujeres no tienen mucha o casi ninguna representación son las siguientes: trabajadoras cualificadas en el sector agrícola, ganadero, forestal y pesquero (18,91%), artesanas y trabajadoras cualificadas de las industrias manufactureras y la construcción (7,69%), operadoras de instalaciones y maquinaria y montadoras (12,69%), y por último, las empleadas en ocupaciones militares (8,88%).

He de hacer una especial mención a las directoras y gerentes, ya que, aunque cada año aumentan su número, siguen siendo muy pocas con respecto a los hombres. En 2016 fueron 234.000 mujeres las que ocupaban estos puestos, suponiendo un 31,19% respecto a los hombres.

El motivo que explica la desigualdad de género en las empresas o en la política, es el llamado “techo de cristal”, el cual es una metáfora para referirse a la existencia de barreras invisibles que encuentran las mujeres a la hora de abrirse paso en su carrera profesional e ir progresando hacia puestos de mayor responsabilidad. A esto añadimos otra barrera como la falta de visibilidad femenina, ya que provoca muchos prejuicios sobre las capacidades de las mujeres para acceder a esos puestos de responsabilidad o recibir galardones por su trabajo.

Por otro lado, la infravaloración tradicional del trabajo de las mujeres hace que éstas necesiten de más esfuerzo para estar igual de legitimadas, llegando a estar en muchas ocasiones sobrecualificadas para los puestos que desempeñan.

Todo esto perjudica de forma importante a las mujeres, ya que reduce sus oportunidades y genera diferencias de ingresos con respecto a los hombres (brecha salarial). Además, disminuye la condición social y económica de las mujeres, con consecuencias negativas en el ámbito de la educación y de la formación profesional. Así, se perpetúan las desigualdades entre mujeres y hombres de una generación a otra, y es importante tener en cuenta que no desparecen por sí solas.

 

¿Son reales las desigualdades de género en el mercado laboral?

 

La nueva conceptualización del trabajo introducida en los años 80, diferenciando trabajo reproductivo y trabajo productivo no ha tenido una correlación en la sociedad a nivel de derechos laborales y protección social, ya que el trabajo reproductivo sigue siendo feminizado y no remunerado y el trabajo productivo es equivalente al empleo remunerado y reconocido socialmente. Esto hace que se valoren de manera desigual los trabajos realizados por hombres y mujeres y que se produzca una desigualdad en el empleo a nivel laboral (contratos parciales) y salarial (brecha salarial: diferente remuneración por igual trabajo realizado).

La situación laboral de las mujeres en el actual contexto de crisis no varía en demasía de las últimas décadas, ya que en época de bonanza no se tradujo en una reducción de las desigualdades por razón de género. La actual crisis ha hecho más mella en las desigualdades de género con la reducción de los servicios públicos y de  protección social, por lo que han aumentado las desigualdades en el empleo, los derechos y el empobrecimiento de las mujeres.

La clave se halla en la consideración de las variables no económicas; la posición de inferioridad de las mujeres en el mercado laboral está causada por la estructura patriarcal de la sociedad y la posición subordinada de la mujer en aquélla y en la familia; en todas las sociedades, las responsabilidades familiares se atribuyen de modo casi exclusivo a las mujeres, mientras que el sostenimiento económico parece corresponder, básicamente, al hombre.

Los planteamientos feministas o de género resultan ciertamente útiles para explicar el fenómeno de la segregación ocupacional por razón de sexo, en la medida que evidencian la directa correspondencia existente entre los estereotipos femeninos más frecuentes, las supuestas habilidades que las mujeres poseen de acuerdo con tales estereotipos y las características esenciales de los trabajos considerados típicamente “femeninos”. Sin embargo no sólo los estereotipos femeninos poseen una virtualidad segregadora, sino que los masculinos también van a ser claves para determinar cuáles son las ocupaciones típicamente “masculinas”. En definitiva, para acabar con la segregaciónocupacional por razón de sexo es básico eliminar o cambiar tanto los estereotipos femeninos como los masculinos, al objeto tanto de integrar a los varones en los trabajos tradicionalmente “femeninos” como a las mujeres en los empleos comúnmente considerados “masculinos”.

Sin embargo, la segregación ocupacional de la mujer y los empleos habitualmente “femeninos” no sólo responden al estereotipo sexual femenino relativo a las “presuntas” habilidades o aptitudes femeninas, sino también a prejuicios –asimismo sexuales- basados en las “hipotéticas” preferencias de las mujeres en lo que se refiere al empleo (básicamente en su al parecer “innata”- inclinación por los trabajos “flexibles”). La responsabilidad, casi exclusiva, de las mujeres frente al trabajo doméstico y el cuidado de los hijos afecta, lógicamente, a los tipos de trabajos por ellas preferidos, reflejándose en un claro desplazamiento de las trabajadoras hacia la flexibilidad laboral en materia de tiempo de trabajo (horario /jornada flexible y trabajo a tiempo parcial), y por aquellos empleos en que haya facilidad de reingreso tras el abandono temporal. Dos posibles razones de por qué los trabajos “femeninos” tienden a ser “flexibles” serían: de un lado, porque lo son per se y por eso las mujeres los prefieren; de otro, porque tales trabajos se “feminizan” a causa de los estereotipos sexuales a los que he hecho referencia con anterioridad –con condiciones de trabajo flexibles que surgen como consecuencia del fenómeno de “feminización” de tales actividades-. Si bien es cierto que las responsabilidades familiares incrementan el interés de las mujeres por los empleos flexibles, el “etiquetado” de ciertas actividades como más adecuadas para las mujeres puede afectar a la oferta de empleo a ellas dirigida y, en consecuencia, a los trabajos a ellas accesibles. La realidad demuestra una gran relación entre lo estereotipado de un trabajo y los estereotipos femeninos a que aludí anteriormente; ello apoya la conclusión de que la flexibilidad y los salarios bajos asociados a muchos empleos típicamente “femeninos” son consecuencia, en gran medida, del hecho de que sean, precisamente, trabajos “femeninos”.

En la medida que existen fuertes y extendidos estereotipos sexuales que afectan, no sólo a las “presuntas” aptitudes y preferencias de los trabajadores y trabajadoras, sino a la misma conformación de los empleos y de sus “presuntas” características, la mayoría de hombres (y, sobre todo, las mujeres) son confinados en empleos “etiquetados” como “masculinos” o “femeninos”, respectivamente.

Las explicaciones a tal fenómeno son diversas, y parten de puntos de vista diferentes; en primer lugar, la diferenciade capital humano entre mujeres y hombres (las mujeres están menos cualificadas que los hombres para realizar ciertos trabajos, tanto por su menor educación como por su inferior experiencia profesional); en segundo lugar, la segmentación del mercado laboral que reduce los salarios en los empleos típicamente “femeninos” a causa de la saturación de mano de obra femenina en ellos; en tercer lugar, y desde una perspectiva feminista o de género, se pone de manifiesto la gran similitud entre las aptitudes y preferencias de hombres y mujeres individualmente considerados, localizando las razones subyacentes para la segregación tanto dentro como fuera del mercado de trabajo. Desde la perspectiva feminista se explica por qué en todo el mundo los principales empleos ocupados por mujeres no hacen más que alimentar los típicos estereotipos femeninos (habilidad para el trabajo asistencial, destreza en las tareas manuales, falta de fuerza física, actitud más sumisa, preferencia por empleos asimilados al trabajo doméstico, etc.) aplicados a las trabajadoras.

A través de esta perspectiva se explica, asimismo, por qué el trabajo a tiempo parcial y los horarios flexibles se asocian a muchos trabajos “femeninos” más como efecto de la consideración como “femeninos” de tales trabajos que como consecuencia de una necesidad real de flexibilidad en los mismos. Igualmente, se explica la razón de que, a pesar de las elevadas tasas de desempleo, en los países industrializados relativamente pocos hombres están dispuestos a acceder a profesiones tradicionalmente etiquetadas como “femeninas”. Las exigencias de la economía global y la creciente competitividad en todo el mundo son factores que fuerzan a las distintas economías nacionales a hacer un uso eficiente de sus recursos. La segregación sexual en el empleo es un fenómeno con gravísimas implicaciones sociales, culturales y humanas, pero tampoco debe obviarse su reflejo en la economía general, por cuanto ocasiona graves distorsiones en el mercado laboral, y un derroche de recursos humanos  que no hacen sino incrementar la ineficiencia del sistema hasta cotas insostenibles. Los estereotipos masculinos y femeninos, generalizados, poseen importantes implicaciones en lo que al desarrollo y competitividad de las economías se refiere y, por tanto, en lo que afecta a su eficiencia.

Estrés de la mujer trabajadora

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El trabajo es esencial para sentirnos realizadas y realizados, poder contar con unos ingresos que nos hagan independientes, fomentar nuestra autoestima, conseguir un mayor status, obtener más relaciones sociales,… Todo esto nos otorga una sensación de éxito en nuestras vidas.

A pesar de todas estas sensaciones positivas de las que nos rodeamos, también nos invaden otras emociones tensas e ingratas bien debido a un sueldo reducido, horas extras no remuneradas,… llegando a crear el estrés.

Esta situación estresante es muy común en las mujeres que trabajan fuera de casa, ya que llevan una doble carga (el trabajo fuera del hogar, y las tareas domésticas como la cocina, la limpieza, el cuidado de los niños y niñas, de su pareja,…).

Las que nos permiten en la mayoría de las ocasiones poder realizar este trabajo fuera de casa con mayor desahogo son las abuelas, que aunque lo hagan muy agradecidas, demuestra cómo es un trabajo del que nunca se jubila una mujer.

Para poder llevar una vida más saludable es importante tomarse en serio, para ello tendríamos que:

  • Dedicarnos más tiempo a nosotras mismas
  • Dedicar parte de nuestro día a técnicas de relajación
  • Llevar una dieta sana
  • Hacer ejercicio
  • No llevar el trabajo a casa
  • Relacionarnos con las amistades

Es importante tener en cuenta que para poder agradar a los demás tenemos que empezar por agradarnos a nosotras mismas.

Es esencial sentirse bien.

¿Para romper el techo de cristal?

Mujeres que actúan como hombres para lograr un ascenso

Las diferencias entre mujeres y hombres a nivel laboral siempre existieron: desde los cargos más altos, que en general son ocupados por los varones o la diferencia salarial, por uan cuestión de género más que por desempeño personal.

Por esta razón, para las mujeres, saber cuándo comportarse como ‘hombres’ en el trabajo puede repercutir en sus posibilidades de ser ascendidas. Es que un estudio explica que los cambios salariales y los ascensos pueden depender de la forma de actuar de uan chica en el trabajo, pero nadie parece saber en qué parte del espectro debe estar una mujer de negocios para encontrar el punto medio entre actuar como una dama y desenvolverse como un hombre.

En ocasiones necesitas ser más extrema, dependiendo de la situación. No es que las mujeres agresivas necesiten dar un paso atrás y actuar como damas, pero en ciertas situaciones necesitan adoptar esos comportamientos”, dice Olivia O’Neill, una profesora de la Facultad de Administración George Mason y autora de un estudio que está por publicarse en el Diario de Psicología Ocupacional y Organizacional.

“La clave es tener un repertorio expandido o una caja de herramientas de rasgos que puedas aplicar en situaciones profesionales”, dijo. “La gente se lleva la impresión errónea de que hay algo deseable con ser consistente en todos los contextos”, agregó la profesional.

http://www.planetaellas.com/2011/04/26/mujeres-que-actuan-como-hombres-para-lograr-un-ascenso/

Mientras buscaba algo interesante para la asignatura, me encontré con esto y la verdad me chocó bastante. Me surgieron muchas preguntas como por ejemplo ¿sólo los hombres están capacitados para ocupar los puestos más altos y con más responsabilidad en las empresas?  y por lo tanto, ¿tenemos las mujeres que actuar y comportarnos como ellos para poder llegar a lo más alto de nuestra carrera profesional?

Bajo mi punto de vista la respuesta es NO, las mujeres no tenemos que comportarnos como los hombres porque creo que así se hacen perpetuas las desigualdades entre ambos en el ámbito laboral. La realidad es que cada vez hay más mujeres mejor formadas y perfectamente capacitadas para ocupar puestos más altos de las empresas y que han luchado mucho para poder conseguirlo.

Película “En Tierra de Hombres”

Inspirada en una historia real, En Tierra de Hombres sigue el viaje de Josey por un camino que la conducirá más lejos de lo que nunca hubiera imaginado, inspirando a muchos otros, y acabando en el primer pleito masivo contra el acoso sexual. Creo que esta película es interesante, para que comprendáis como es la vida de un grupo de mujeres mineras que trabajan en un mundo de hombres y las consecuencias que les trae haber elegido esta profesión. A continuación podréis leer la sinopsis de la película.

Cuando fracasa su matrimonio, Josey Aimes  vuelve a su pueblo natal en el norte de Minnesota en busca de un buen trabajo. Madre soltera con dos niños a su cargo, busca trabajo en la fuente principal de empleo de la región-las minas de hierro.

Las minas proporcionan el sustento que ha sostenido a la comunidad durante generaciones. El trabajo es duro pero se paga bien y las amistades que se forman allí se extienden a la vida cotidiana, uniendo familias y vecinos en un hilo común.
Es una industria dominada por los hombres desde siempre, en un lugar poco acostumbrado a los cambios.

Animada por su vieja amiga Glory, una de las pocas mujeres mineras en el pueblo, Josey se une a aquellos trabajadores que perforan la roca para sacar el mineral en la cantera. Está mentalizada para el peligroso y duro trabajo pero no para aguantar el acoso que ella y las otras mineras sufren por parte de sus compañeros, lo cual es una prueba mucho más dura.

Son tiempos difíciles. Y lo último que quieren los mineros es tener que competir con mujeres para los pocos empleos que hay, mujeres que según ellos no deberían estar conduciendo camiones ni arrastrando piedras. Si éstas recién llegadas quieren trabajar en las minas, tendrán que aceptar las reglas que imponen los trabajadores veteranos, y no será fácil. O lo tomas o lo dejas.

Cuando Josey protesta contra el trato que ella y sus compañeras reciben, se encuentra una gran oposición. No solo los que mandan no quieren escuchar la verdad, tampoco otros miembros de la comunidad como sus padres y muchas de sus propias compañeras que tienen miedo de que haga que la situación vaya de mal en peor. Con el tiempo, hasta su amistad con Glory se pondrá a prueba y la difícil relación que mantiene con su padre, un veterano minero llegará a sus límites y sufrirá una gran persecución personal. Las consecuencias de la lucha de Josey para conseguir una vida mejor para sí misma y sus hijos afectarán a todos los aspectos de su vida, incluso las relaciones con su joven hija y su hijo adolescente. El chico, avergonzado por la notoriedad de su madre descubrirá duros detalles de su vida pasada, que ella nunca hubiera querido que se supieran.

A través de estos contratiempos, Josey encontrará el valor para luchar por lo que creé, a pesar de tener que hacerlo sola.

 

Discriminación contra las mujeres: Brecha Digital.

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s) son  parte de nuestra vida de una forma avasalladora, que a veces no concebimos la vida sin ella, sin un celular, sin internet, correo, en fin todo lo que parece ahorrarnos tiempo y acortar distancias.

Esta misma tecnología no es lo mismo para una mujer que para un hombre,  ya sea en la zona urbana o rural,  ni para un país u otro, todo depende del contexto cultural, social, político y no podía faltar del género. Para las mujeres el uso de las TIC´s, se ha vuelto parte de la discriminación por ser mujeres, el tener un acceso adecuado, una conexión y el recurso para  pagar dicha instalación y el computador, se hace necesario lograr una igualdad en el acceso a la información de forma democrática.

El uso y acceso que tienen las mujeres a las TIC´s, depende de su contexto no solo cultural ni económico, sino también familiar, si se ha crecido en una familia que aparte de contar con lo indispensable para el acceso a las TIC´s se motiva a que niñas y niños saquen el mayor provecho a la tecnología y se de uso cotidiano, potencian sus habilidades de forma equitativa e igualitaria.

La brecha digital entre hombres y mujeres, permite visualizar las diferencias de acceso a las TIC´s, y se refiere a las diferencias entre los individuos, hogares, empresas y áreas geográficas en los diferentes niveles socio-económicos con respecto a sus oportunidades de acceso a tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y su uso de Internet [1].

Existe una segunda brecha digital en lugares en que la brecha de acceso por género se va disminuyendo, que refleja las diferencias entre mujeres y hombres respecto a los usos y las habilidades de Internet y se constituye en barrera para la plena incorporación de las mujeres a la sociedad de la información[2].

Por lo que si depende del contexto cuando unas mujeres avanzan en el acceso, otras luchan por su uso adecuado, a las mujeres nos han interiorizado el miedo a las tecnologías, si a los hombres se les aplaude tener ciertas habilidades para su uso, a nosotras se nos señala como anormales por tenerlas.
Así que entre las muchas discriminaciones existentes, una más se le suma, la discriminación al acceso y al uso de las TIC´s por ser mujeres y no tener las capacidades necesarias para su utilización.

[1] OCDE (Organización para la cooperación y Desarrollo Económico). (Consultado el 30/04/11)

[2] CASTAÑO, Cecilia. 2009. La Segunda Brecha Digital. Madrid: Revista Española de Investigaciones Sociológicas. No. 125. Enero-Marzo 2009.